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Rincón de relatos


IR A: EL HOMBRE MÁS TRISTE DEL MUNDO - EL GÉNESIS - SMS - SMS 2 - TE QUIERO - TAN LEJOS - SE MARCHITÓ LA FLOR - PLENILUNIO - UNA ESTUPIDEZ - NEGATIVIDAD - SÓLO UN INSTANTE - REGRESO A LA AZOHÍA - RESACA - UNA HISTORIA CASI REAL - ADIÓS A EL HIERRO - LA AZOHÍA


Regreso a La Azohía

Aquel viento helado del sudeste, le hacía temblar ligeramente. Los vaqueros y el chubasquero náutico que llevaba sobre un fino jersey, apenas eran efectivos ante el empuje de aquel viento frío de la madrugada. Pero le gustaba. Le hacía sentirse vivo.

El tiempo estaba trastornado. De una noche de mediados de abril, se espera algo más que los escasos seis o siete grados de temperatura que le pareció percibir en aquel momento. - ¿Acaso nunca llegará la primavera? - Durante los últimos tres días, las nubes habían cubierto totalmente el cielo. Y llovía. Y hacía frío. Sin embargo, al mirar hacia el cielo, descubrió que el tiempo iba a cambiar muy pronto. Esta era la primera noche desde su llegada a La Azohía, en que el cielo aparecía salpicado aquí y allá de pequeños puntos luminosos que centelleaban. Las putas estrellas. Hacia el norte, el cielo se presentaba oscuro y las estrellas brillaban con fuerza. En esa dirección se encontraba el Mediterráneo en toda su amplitud. Un mar que aquella noche, pese al viento frío de 4 o 5 nudos que soplaba, mantenía la superficie del agua tranquila, mansa. Solo unos pequeños rizos podían observarse en la superficie. Sobre ellos se reflejaban las luces de la costa y de la luna menguante, cubriendo el agua de pequeñas manchas plateadas. Hacia el Este, apenas podían divisarse estrellas. Las luces anaranjadas del paseo que unía La Azohía con La Mojonera y Cala Blanca, impedían disfrutar del espectáculo que ofrece cada noche el cielo, si tiene uno la suerte de estar en el momento adecuado y en el lugar adecuado. Recordó el grandioso espectáculo que ofrece el firmamento en alta mar. Lejos de la polución lumínica generada por el hombre. Más allá, las luces intensas de un Puerto de Mazarrón tranquilo. Más tranquilo que en verano. Y más tranquilo que en cualquier otra Semana Santa. La lluvia y la previsión de mal tiempo había hecho que muchos visitantes optaran por cambiar su destino de vacaciones y huir del mar. Ellos se lo pierden.

Dirigió su vista hacia atrás. Ella no venía. No iba a venir.

Y más allá del Puerto de Mazarrón, sobre una loma rocosa al borde del mismo mar, el faro. Recordó por un instante la noche anterior. Había subido hasta allí para tomar una copa en una bar con terraza que se encuentra junto al viejo edificio. Desde allí se divisan unas vistas únicas. Al Norte, la bahía. Con La Azohía, al fondo y a continuacíon, la silueta oscura del Cabo Tiñoso. Y hacia el sudeste, más allá de la Isla de Paco, las playas y zonas residenciales del Puerto. Y a lo lejos, si uno agudizaba la vista, veía el perfil de la escarpada costa murciana. Oscuro, diferenciado del cielo por la claridad que proyectaba la luna. Más allá, si uno observaba con atención, podía distinguir las pequeñas luces de Águilas. Recordó que había estado intentando ver estas luces, sin conseguirlo. La iluminación verdosa de la terraza del bar, le impedía distinguir el débil punto de luz en la lejanía. O quizás no podía divisarse Águilas desde aquel punto. No lo sabía.

Y luego había entrado en el bar. Y él pidió un ron cubano con cola. Un Havana Club Añejo. Y lo saboreó despacio, disfrutándolo. Y ella pidió un extraño cóctel azul. O un ron con cola. O lo que coño fuera. -¿Acaso importa?- Y él la miró a los ojos. Y vio en ellos el extraño pero agradable brillo que indicaba que el alcohol empezaba a hacer efecto. Y miró más allá... y vio más. Vio por un instante... dulzura.

No iba a venir. Lo sabía.

Pero eso fue la noche anterior. -¿Fue anoche?- Parecía que había pasado un siglo. El efecto de las siete u ocho cervezas Heineken - odiaba esa cerveza - que había tomado, provocaba un ir y venir de sus pensamientos. Confusión. Una sensación de distancia. Se veía a si mismo como un jodido muerto que observa su cadáver desde lo alto, mientras su alma -o lo que cojones fuera que somos, además de carne- se va escapando poco a poco del cuerpo. - Desvarías. -

El viento helado seguía acariciando su rostro.

Y sintió la necesidad de descalzarse. Se quitó ceremoniosamente sus náuticas y las dejó a su izquierda, al tiempo que recogía sus piernas. La derecha sobre la izquierda. Y la derecha ascendiendo por debajo del hueco dejado por la pierna izquierda. Postura del semiloto, se llama esto. - ¡menuda cursilada! -. Adoptó mecánica pero solemnemente, la postura de meditación. La espalda recta. El mentón ligeramente hacia abajo. La mirada dirigida hacia las oscuras aguas que se movían rítmicamente - shhhh, shhhh, shhhh -. Las manos cruzadas sobre el bajo vientre. La derecha sobre la izquierda. Los pulgares tocándose.

Hizo una primera respiración abdominal. El frío aire de la madrugada -¿eran las 5, las 6?- entro por sus orificios nasales para descender por su garganta reseca por los mil Marlboros fumados aquella noche - ¡Dios, tengo que dejar de fumar! -, y descendió por su caja torácica. Desde la parte superior de los pulmones, hasta el estómago. Se ladeó ligeramente hacia la derecha, y luego hacia la izquierda. Tenía problemas para mantenerse estable. Repitió la operación. Respiró profundamente de nuevo. Retuvo el aire en sus pulmones durante uno, dos, tres, diez segundos. Y lo expiró pausadamente por la nariz.

Concéntrate.

Y una mierda. Recordó que según la instrucción que había recibido, para practicar meditación se requiere estar descansado. Haber dormido lo justo. Ni mucho, ni poco. Y sobre todo se requiere no haber tomado ningún tipo de intoxicantes que alteren la mente. - Intoxicantes, joder -. Estaba cansado y medio borracho. Así no hay manera de concentrarse.

La sensación de frío era cada vez mayor. Y tenía la certeza de que ella no iba a aparecer. La tuvo todo el tiempo.

Por primera vez fue consciente del lugar donde se encontraba. El muelle. El pequeño muelle de cemento que rompía las aguas de La Azohía en su punto más al Norte. Justo frente a la lonja de los pescadores. Justo entre el inicio del Cabo Tiñoso y el final de las playas pedregosas que se llegaban hasta el Puerto de Mazarrón, y que iban cambiando su nombre con cada montículo rocoso del terreno.

Las viejas embarcaciones de pesca utilizadas por los hombres de mar que trabajaban en la almadraba, se mezclaban caóticamente en la bahía con las modernas lanchas semirrígidas dotadas de potentes motores, que utilizaban los centros de buceo locales. En total podía divisar la silueta de doce o quince embarcaciones. La mayoría de ellas estaban separadas del pequeño muelle y se encontraban amarradas al campo de boyas que plagaba la parte de la bahía que quedaba entre el propio muelle y la pared rocosa del Cabo. El viento soplaba rizando con cada ráfaga levemente el mar y provocando que las embarcaciones se balancearan rítmicamente de un lado a otro, de un lado a otro... el sonido provocado por el chapoteo de los cascos de madera y fibra era hipnótico. - chof, chof, chof -

Le dolía un poco la rodilla derecha y tuvo que cambiar de postura. Muy despacio, deshizo la postura de meditación, desplazando primero la pierna izquierda y luego la derecha. Lo hizo lentamente y notó cierto dolor en sus articulaciones al realizar el movimiento. -Estás hecho una mierda, chico- Al final sus piernas quedaron colgando en el borde mismo del muelle, a pocos centímetros del agua. El agua debajo de sus pies, se veía negra, oscura, amenazante. Por un segundo recordó la imagen de una mala película de serie B, en la que una mano verdosa surgía de las aguas para coger al incauto de turno y llevárselo a las profundidades para devorarlo. - Se te va la olla, se te va la olla -. Se rió como un tonto. Y se sintió ridículo.

Intoxicantes.

Y de nuevo volvió a la noche anterior. Y recordó la vuelta a la casa, sentado junto a ella en el asiento trasero de aquel pequeño coche. Su mirada. Y recordó que tuvo la necesidad de tenerla cerca. Y la miró de nuevo a los ojos. Y sintió calidez en ellos. Y se acercó a ella pasando su brazo izquierdo sobre sus hombros. Lo necesitaba. Lo deseaba. Y recordó como ella se acercó inmediatamente a él, amoldando su cuerpo al suyo. Y recordó el sutil estremecimiento del cuerpo de ella al encontrarse. Y de nuevo la miró a los ojos y vio de nuevo el brillo provocado por el cóctel. O por el ron. -¿Qué más da?- . El debía tener la misma mirada. Y la misma sonrisa tonta y dulce. Y la besó en los labios. Muy despacio. Y notó el estremecimiento sincero de su cuerpo al sentir la caricia de sus labios. Y la miró de nuevo a los ojos. Y notó duda en ellos. Y la volvió a besar, esta vez con más fuerza, queriendo anular cualquier resquicio de duda. Sinceridad.

Pero eso fue la noche anterior. Ahora hacía frío. Mucho frío. Y ella no estaba allí. No iba a venir.

Notó que comenzaba a temblar ligeramente, y de nuevo fijó su atención en el sonido del mar al romper mansamente contra el muelle y la cercana playa pedregosa - shhhh, shhhh, shhhh -. Y miró el agua oscura. Y por un momento su pensamiento se sumergió en las frías aguas -12 o 14 grados- . Buceó hacia el fondo de arena blanca, manchado aquí y allá por pequeñas praderas de posidonia. Y vio una barracuda. Brillante, estilizada, sigilosa. Pudo imaginar a las pequeñas bogas agrupándose en bancos, inquietas, sintiendo la presencia del cazador. Imaginó el drama de la vida y la muerte bajo las aguas. El cazador y su presa. Ley natural.

Joder, hacía frío.

Y aunque lo deseaba con toda su alma, sabía que esta noche ella no vendría. Le había pedido que le acompañara aquella noche. Se había sincerado. Se había abierto a ella. Él casi nunca se abría a nadie. Quería haber compartido aquel momento con ella. Quería decirle sin hablar que las estrellas tenían magia. Que el mar habla a quienes quieren escucharlo. Que el viento frío sabe acariciarte el rostro, si uno se deja.

Frío.

Ella no iba a venir. No iba a aparecer andando por el muelle para sentarse a su lado... lo sabía y sin embargo lloró en silencio y sin derramar una lágrima. Lloró durante un minuto. Y luego se levantó entumecido. Y se dirigió andando despacio hacia la casa.

Estaba cansado, pero sabía que no iba a poder dormir.

 

Juan Carlos Enrique
Castellón, 16 de abril de 2004.

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La Azohía (Murcia-España). Foto Juan Carlos Enrique. (2001)

 

 

El hombre más triste del mundo

El hombre más triste del mundo se levantará hoy muy temprano. Tomará café cubano y escuchará las noticias en la radio. Se arreglará cuidadosamente y desayunará antes de irse al trabajo.

El hombre más triste del mundo trabajará duro hoy. Tendrá varias reuniones con sus colaboradores y clientes. Y pensará en la manera de mejorar los resultados de la empresa.

El hombre más triste del mundo comerá hoy ligero en un buen restaurante y lo hará sólo mientras leerá con detalle los principales periódicos del día.

El hombre más triste del mundo volverá por la tarde a su despacho y trabajará en un informe mientras escucha música de Andrés Calamaro en su ordenador.

El hombre más triste del mundo dejará su despacho al anochecer y regresará a su casa en su coche nuevo. Y en el trayecto hará una parada en una tienda para comprar fruta para desayunar al día siguiente.

El hombre más triste del mundo cenará sólo en su casa mientras verá en la televisión por cable cualquier serie intrascendente.

El hombre más triste del mundo se acostará temprano y tratará de dormir mientras escuchará bajito música de Madredeus.

Y en la soledad de su lecho, el hombre más triste del mundo no conseguirá dormir. Y llorará una noche más por su amada perdida. Aquella que, probablemente, sólo ha existido alguna vez en su imaginación.

 

Juan Carlos Enrique
Castellón, 28 de junio de 2007

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CHAPLIN

Charles Chaplin

 

 

Te quiero

¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé.

Quizás cinco o seis semanas desde que nuestros caminos se cruzaron casualmente y por vez primera. Sin premeditación, sin plan establecido, sin quererlo, sin buscarlo. Quizás cinco o seis semanas desde que me lancé torpemente a tu conquista, empujado sin remedio por uno de mis ángeles custodios y probablemente sin más fin que el de encontrar un nuevo trofeo que colgar en mi pared.

¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé.

Quizás cuatro semanas desde que me dí cuenta que podía encontrar al fín en tí algo más que una conquista, que un trofeo, que un momento de placer. Quizás cuatro semanas desde que supe que esta era una de esas batallas trascendentales que la vida nos plantea y que solo los buenos observadores pueden reconocer.

¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé.

Quizás dos o tres semanas desde que noté que me sentía raro, muy raro y que necesitaba tenerte, abrazarte, amarte, besarte. Quizás dos o tres semanas desde que supe que me dolía el alma por tí. Quizás dos o tres semanas desde que te lloré y te lloré durante dos largos días, agazapado en mi guarida, hasta que conseguí atesorar fuerzas para ir en tu busca y abrirte mi mente, mi alma, mi corazón, mi vida. Quizás dos o tres semanas desde que me escuchaste, apreciaste mi sinceridad y decidiste apostar por mí, con la lógica prudencia del tahur que ya apostó fuerte antes y lo perdió todo. Quizás dos o tres semanas desde aquel beso frente al mar que consiguió parar el tiempo por un instante.

¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé.

Quizás una semana desde que te abracé fuerte, muy fuerte y te miré a los ojos, esos ojos huidizos que expresan más de lo que quieren expresar, vivos, temerosos, dulces. Quizás una semana desde que te dije mi primer "te quiero" sincero, sentido, intenso, desde lo más profundo. Quizás una semana desde que te estremeciste en mis brazos al sentir mi fuerza, mis sentimientos, mi transparente sinceridad.

¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé.

Quizás unas horas desde que tú me enviaste aquel "te quiero" y yo me estremecí en la distancia apreciando al instante el trascendental significado de tan breve afirmación.

Te quiero. Me quieres. Lo sé. Lo sabes.

Te espero.


Juan Carlos Enrique
Castellón, 24 de noviembre de 2006

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Adán y Eva. Rubens.

 

 

 

SMS 2

Estoy inmerso en ríos de alcohol, ridículos kits de sex shop, amigos y conocidos. ¿estoy viviendo la noche ideal? No.

El bueno de Mauri, tipo observador como pocos, me pregunta si mi evidente ausencia es por causa de una mujer. ¿Estás enamorado, man? Jodido colombiano cabrón. ¡Sal de mi cabeza!

Tu silencio me está matando. Tu indiferencia me está matando.

Tengo dudas. Un millón de dudas.


Juan Carlos Enrique
Castellón, 7 de noviembre de 2006

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Los borrachos (el triunfo de Baco). Velázquez.

 

 


SMS

Día maravilloso para navegar. Sol, sin viento, mar presumiblemente llano... ¿Es hoy el último día de este verano que se resiste a marcharse? Posiblemente sí.

Es el día ideal para pasarlo en el mar, pero... ¡no puedo! Casi no he dormido y estoy agotado. He decidido quedarme en mi cama un rato más. Un rato más...

Perdóname... opté por lo más fácil para no dar explicaciones. Les dije que todavía estaba contigo... Estoy seguro de que sabrás perdonarme... ¿lo harás?

Sigo durmiendo. Besos... muchos besos... tú ya sabes...

No dejes de cuidarte. Hazlo por tí... y un poco por mi...


Juan Carlos Enrique
Castellón, 1 de noviembre de 2006

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Mar y rocas de San Esteban, Asturias. Sorolla.

 

 

 

El Génesis

Mi encuentro con Ella no pudo ser más casual. Yo no debía estar allí, no aquella noche. Era una de aquellas noches en que el instinto, la inconsciencia o el simple deseo de evasión de una monotonía plácidamente aburguesada, consigue ahogar al sentido de la responsabilidad casi siempre presente y de un tiempo a esta parte, menguante por pura atrofia. Torpes megalómanos incompetentes. Aquella era una de esas noches donde simplemente me dejo llevar. En ocasiones con sorprendentes, o incluso incontrolables consecuencias.

O quizás no. Puede que aquel encuentro que estaba a punto de producirse aquella atípicamente cálida y previsiblemente aburrida noche de octubre, no fuese en absoluto fruto del azar. Quizás mis decisiones, mis penas, mis alegrías, mis dolores, mis placeres, mis miedos... Quizás toda mi vida hasta aquel día había tenido como fin último y elemental, llegar al punto crítico de aquel encuentro. Cruce de caminos. Encrucijada. ¿Génesis? Y la apariencia fortuita del acontecimiento, podía ser parte del plan divino por el que mi destino, como el de todo ser humano, se rige. Nunca lo sabré.

Destino o casualidad, el encuentro se produjo. Y hubiese sido fugaz e intrascendente, una breve explosión de sentimientos apenas perceptible por su corta duración temporal, de no ser por la intervención catalizadora, fortuita o quizás providencial de mis ángeles custodios. Llamémosles amigos.

Desconcierta. Mis compañeros de correrías y de tantas y tantas juergas y noches de diversión a veces insana, a veces inmoral, provocaron consiente o inconscientemente, de manera casual o quizás planificada por un Tercero, que aquel encuentro no fuese simplemente fugaz y tomara un cariz trascendente y sin duda vital para mí. Ellos aportaron una pizca de provocación, dos de descaro, una de amabilidad y otra de encanto, mientras yo me mantenía al margen, vigilante. - Dios, ¡qué bonita es! -. El conjuro funciona. Resuelto. Somos cinco almas perdidas en la tosca vulgaridad de aquella cálida noche del mes de octubre. Corran ríos de alcohol para celebrar tan feliz encuentro.

¿Dije cinco? Miento, nunca fuimos cinco... siempre fuimos dos. Uno de mis ángeles lo supo. No sé como, pero lo supo. Lo intuyó, lo vio, lo comprendió. -Sois dos, ¡adelante guerrero! Libra esta batalla. - El otro ángel, simplemente huyó, mientras un solo concepto retumbaba en mi mente mientras me preparaba para la batalla: Inalcanzable.

Aunque tardé algunos días en saberlo, estaba viviendo el principio de todo. El Génesis.

Ella es probable que todavía no lo sepa.


Juan Carlos Enrique
Castellón, 4 de noviembre de 2006

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La creación del mundo. Detalle capilla sixtina. Miguel Ángel.

 

 

 

Tan lejos

Quedan tan lejos aquellas noches interminables conociéndonos. Hablando mucho primero y queriéndonos después como si cada vez fuese la primera.

Quedan tan lejos aquellas mañanas en que las primeras luces me sorprendían reencontrándome con la cotidianeidad del calor de tu cuerpo junto al mío.

Quedan tan lejos tus ojos tristes y tu inconfundible aroma a mujer deseable. Y tus caricias. Y tus besos cálidos. Y tus gemidos. Y nuestra pasión.

Quedan tan lejos... y ya no volverán. Se perdieron en la nada del recuerdo.


Juan Carlos Enrique
Isla Juventud, 11 de agosto de 2006

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La persistencia de la memoria. Dalí.

 

 

 

Se marchitó la flor

Se marchitó la flor.

Y todo el pueblo lloró y lloró amargamente cuando descubrieron aquel resto gris y reseco en el lugar exacto donde poco tiempo antes resplandecía la bella planta.

Fue el calor del sol, que acabó por secar su savia, matándola. - dijo muy triste el carpintero.

Le faltó agua de lluvia, no se regó bastante y por eso murió. - apuntó llorosa la costurera.

Necesitaba abono, la tierra no tenía suficientes nutrientes y acabo muriendo de hambre, ¡la pobre! - sentenció al alguacil, entre sollozos.

Se marchitó la flor.

Y el más anciano del lugar, al ver aquel resto gris y reseco, sonrió.

¿No estás triste? - le dijo con aire de reproche el carpintero.

¿Acaso no te apenas por la muerte de la flor? - gritó enfadada la costurera.

¿No echas de menos su belleza y esplendor? - masculló el alguacil apretando los dientes.

No -dijo el viejo- no estoy triste. Porque mientras vosotros lloráis la pérdida de la antigua flor, yo espero ansioso y feliz la nueva flor que pronto brotará.


Juan Carlos Enrique
Castellón, 12 de junio de 2006

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Los girasoles. Van Gogh.

 

 

 

Plenilunio

Por primera vez aquella noche, dirigió su mirada al cielo. La intensa luz del perfecto círculo que formaba la luna llena, no permitía ver las diminutas luces de las estrellas. Plenilunio. Sin duda él era de aquel tipo de personas a los que la luna llena les afectaba. Durante todo el día de aquel caluroso viernes de junio había estado inquieto y al mismo tiempo eufórico. Conocía esas sensaciones que llegaban a él periódicamente, cada plenilunio. Fue la influencia de la luna. Mágica influencia. Fue la luna la que una vez más le empujó a salir aquella noche. Solo, como siempre que la luna alcanzaba su máximo esplendor. Realmente, él no tenía amigos. Aunque en muchas ocasiones salía a cenar o de copas con algunos de sus compañeros de trabajo, o alguno de los amigos de la infancia que todavía conservaba. Sin embargo, en esta fase de la luna, todo era distinto. Como siempre, en los días precedentes se había sentido triste, melancólico. Paula estuvo en su memoria casi permanentemente. Paula. Ella cambió su vida para siempre.


Había pasado ya más de un año desde que Paula llegara al despacho de la asesoría donde él trabajaba de auxiliar administrativo. Se enamoró de ella desde el primer instante que la vio. Con solo cerrar los ojos podía revivir aquel instante en que Paula y él se encontraron por primera vez. Él se dirigió como cada mañana hacia las once hacia el pequeño cuarto de la cafetera, al que todos llamaban el bar. Su café de media mañana se había convertido en todo un ritual dentro de su monótona jornada de trabajo. Al abrir la puerta acristalada de la habitación, allí estaba ella. Paula. Nadie le dijo que tenía una nueva compañera en la oficina, por lo que su encuentro fue toda una sorpresa. Se quedo paralizado en el umbral de la estancia, mientras ella dejaba su café para saludarle cortésmente y regalarle una amistosa sonrisa. No pudo ni siquiera contestarle. Se quedó mudo. En ese momento, supo que estaba totalmente enamorado. En ese mismo instante. Ella era menuda, delgada, muy atractiva. Tenía poco más de veinte años, diez menos que él. Su pelo largo, liso, negro y de apariencia sedosa, lo hechizaban casi tanto como sus ojos. Aquellos ojos verdes, profundos y expresivos. Paula.


En el equipo de su Wolkswagen Golf recién estrenado, sonaron los primeros acordes de "Satisfaction", de los Rolling Stones. Subió el volumen. Le gustaban los Rolling. Aquellos viejos roqueros conseguían animarle siempre. El viejo Jagger le inspiraría aquella noche, nunca le había fallado. La banda sonora perfecta para una noche de luna llena. Solo, como siempre. La luna seguía alta en el cielo, eclipsando a las estrellas con su insultante grandiosidad, mientras él se dirigía por la carretera que conducía desde la ciudad al distrito marítimo. El verano estaba a punto de comenzar. Y la gente, cual bandada de aves migratorias, se había desplazado mayoritariamente ya hacia las terrazas y locales de ocio de la playa. Llegó al puerto y se desvió al norte por el paseo marítimo, en dirección a uno de los locales de copas de la zona. La luna dejó de situarse frente a él, para asomarse por su derecha, sobre el Mediterráneo. Desvió unos segundos la vista de la carretera para admirar la estela de manchitas centelleantes que el reflejo de la luna dejaba sobre el agua. Él supo apreciar la belleza del instante.


Tardó meses en conseguir hacer acopio del valor necesario para abrir su corazón a Paula. Pese a que se sabía enamorado de ella desde el primer instante, le costó lanzarse. Él era un tipo tímido con las mujeres. Muy tímido en realidad. Tenía ciertas dotes sociales, se relacionaba bien con los compañeros de trabajo. Tanto con los hombres como con las mujeres. Con todos excepto con Paula. Ela era la única mujer del despacho que le interesaba. De hecho la amaba con toda su alma. Y por ello solo con Paula se manifestaba su siempre inconveniente timidez. Por eso durante los meses previos al momento en que le confesó a Paula su amor, apenas había podido estrechar su relación con ella. Las conversaciones que mantenía eran siempre breves, banales. Nunca más allá de temas tan intrascendentes como el tiempo, o los asuntos propios del trabajo. Después de cada corta conversación, en la que ella le dedicaba su mejor sonrisa, siempre tenía una sensación agridulce. Por un lado, se sentía más cerca de ella con cada intrascendente charla. Por otra, se sentía mal por no haber podido llevar la conversación hasta terrenos más personales. Era incapaz de conseguirlo. Su timidez se lo impedía.


Poco antes de la una de la madrugada, aparcó el Golf en el paseo marítimo, cerca de los bares instalados sobre la misma arena de la playa. Le gustaba aquel lugar. Poder tomar una copa a pocos metros del mar, bajo la luz de la luna combinada con las luces de colores del local era toda una experiencia, que solo podía vivirse en verano. Aquella noche de viernes, la zona presentaba ya un ambiente propio del estío. Cientos de personas jóvenes y menos jóvenes, disfrutaban de la calurosa noche junto al mar. Se adentró en el local. El bar estaba bastante lleno. Tras un rápido vistazo general se acercó a una de las barras, la más cercana a la orilla del mar y pidió una Coronita, una cerveza mexicana suave. No quería beber demasiado. Aquella sería una noche importante, y quería estar sereno para poder disfrutarla. No había Coronita. La camarera que le atendió, tan joven y guapa como altiva y poco cortés, le narró con desgana la lista de cervezas disponibles. Se decantó por una cerveza Desperado, aromatizada con tequila. De espaldas a la barra, con la luna al frente y tras un breve sorbo a la dulzona cerveza, miró a su alrededor, esta vez con más detalle.


Recordaba nítido en su memoria aquel día que su vida cambió irremediablemente. Llevaba semanas reuniendo valor. Semanas pensando como iba a declararle su amor a Paula. Durante muchos días imaginó como se acercaría a ella durante la jornada de trabajo, por la tarde. Y como le diría que quería hablar con ella de un tema importante. Como la invitaría tomar un café después del trabajo. Ella aceptaría. Y él la esperaría quince minutos antes en la cafetería que hay a pocos metros de la oficina. Y pudo imaginar como serían sus nervios, como su corazón estaría a punto de salirse de su pecho mientras la esperaba. Y entonces llegaría ella, se sentaría frente a él. Y la miraría a los ojos. Y tras unos segundos de cruzar su mirada con le de ella, con una sonrisa dulce y sincera le diría un sencillo "te quiero". Y como ella mostraría sorpresa primero, y ternura después. Y como sus ojos se humedecerían por la emoción. Entonces él se acercaría muy despacio desde el otro lado de la mesa y la besaría suavemente, rozando apenas sus labios. Así ocurriría. Había recreado la escena tantas veces en su cabeza, que podía vivirla con solo cerrar sus ojos un instante. Todo comenzaría aquel día cuando la invitara a tomar café. Aquel día conseguiría al amor de su vida. Lo sabía con toda certeza entonces. Estaba seguro de su éxito.


La luna seguía alta en el cielo, sobre el mar. El camino de luces centelleantes comenzaba muy cerca de él, a pocos metros, donde las olas rompían mansamente contra la suave pendiente que formaba la arena de la playa al introducirse en el mar Mediterráneo. Las luces del bar, la música. A su derecha un par de mujeres aparentemente extranjeras, quizás rumanas, se acercaron a la barra, junto a él y pidieron sus copas a la antipática camarera. Él las estudió con curiosidad durante unos minutos. Ellas no parecieron darse cuenta de su presencia. Él perdió el interés enseguida. Ellas eran muy distintas de Paula.


Aquella tarde, en la oficina, el corazón le latía con fuerza hasta provocarle una fuerte presión en el centro del pecho que se esforzó por controlar en el momento en que se dirigió a buscar a Paula. La encontró en su mesa, trabajando con el ordenador en una hoja de excel repleta de cifras. Bella, radiante, como siempre. Ninguno de sus compañeros del despacho estaba demasiado cerca de ellos en aquel momento. Era el instante que había estado esperando durante tantos días. Su corazón iba a estallar.
- Paula.
Ella levantó la vista y le dirigió, como siempre, una amable sonrisa.
- Dime Ximo.
Sintió que sería incapaz de pronunciar palabra alguna. Tragó saliva. Respiró profundamente.
- Tengo que hablar contigo - logró decir él.
Ella pensó sin duda que se trataba de algún asunto laboral.
- Dime - respondió ella redibujando su mejor sonrisa -.
- No, aquí no. Te invito a tomar un café después del trabajo. Tengo algo importante que decirte. Algo muy importante.
Ella lo miró con sorpresa mientras la sonrisa se borraba de su rostro en una fracción de segundo. Era evidente que no esperaba la invitación. Aquello no iba como él había imaginado.


Notó que la brisa marina había aumentado, mientras pedía una nueva cerveza que la camarera le sirvió con desgana. Sorbió un pequeño trago directyamente de la botella y decidió ocupar una pequeña mesa que acababa de quedar libre frente a él. La ocupó rápidamente justo antes de que llegaran a ella una pareja que también se dirigía hacía allí. Parecieron molestos por su acción, pero no le dirigieron más que una mirada contrariada. Tras dar un nuevo sorbo a la botella, la depositó sobre la mesita y desde su nueva perspectiva, siguió observando al personal que se divertía en el bar. Una pareja se besaba apasionadamente en una de las barras. Un grupo de chicos demasiado jóvenes para estar allí, hacían torpes intentos por intimar con un grupo de chicas cercano. Dos parejas que superaban con creces la treintena charlaban animadamente a un par de metros de él. Nadie despertaba su interés.


Sintió morir cuando Paula rechazó de plano su invitación para tomar café. Ella intuyó que él iba a cruzar el límite de lo estrictamente profesional y no quiso acompañarle.
- Mira Ximo -dijo ella utilizando un tono serio desconocido para él - tú y yo no tenemos nada que hablar fuera de este despacho. No te equivoques conmigo.
Ese fue el fin de su historia con Paula. Ella le rechazó directamente. Sin darle ni la más mínima ocasión de hablarle de sus emociones, de sus sentimientos, de su amor. A ella todo esto no le importaba. Fue clara y rotunda. Él no existía ni existiría nunca para ella fuera de aquella oficina. Ahora lo sabía. Sus sueños, sus ilusiones, estallaban en mil pedazos en aquel momento ante sus ojos. Su vida había cambiado drásticamente. Nada iba a ser igual.


Debían ser las tres de la madrugada. Hacía un buen rato que había abandonado su cerveza a medio beber sobre la mesa. Aquella iba a ser una noche importante y debía estar sereno para disfrutarla. Había localizado al fin su objetivo. Una mujer de poco más de veinte años, menuda, delgada y muy atractiva. Llevaba más de una hora observándola. Sería ella. Sería Paula. Ella estaba con un grupo de amigas, bebiendo. Totalmente ajena a él, al igual que el resto de componentes de su grupo. Ella llevaba ya consumidos dos gin tonics, llevaba la cuenta. Serían suficientes. Seguiría observándola hasta que ella que se dirigiera a la salida del bar. Entonces la seguiría discretamente. Quizás se fuera sola. Entonces solo tenía que seguirla hasta su coche. O quizás se iría en coche con otras amigas. En ese caso las seguiría y esperaría a que la dejaran en casa. Esperaría a qué estuviera sola. Y entonces, se acercaría sigilosamente. El efecto de los gin tonics de ella se haría notar y no se daría cuenta de su presencia. Miraría con detalle a su alrededor y se aseguraría de que nadie pudiese verle. Entonces se acercaría más. Ella notaría por fin su presencia y se volvería. En una fracción de segundo sus manos agarrarían su delicado cuello. Y apretaría con todas sus fuerzas. Y él vería como el rostro de ella pasaría de expresar sorpresa a terror. Y él seguiría apretando con fuerza. Y su cara se volvería encarnada mientras su boca quedaría abierta de par en par, pero incapaz de producir un solo sonido. Y seguiría apretando hasta asfixiarla. Y al fin notaría como su cuerpo tras una última y violenta convulsión, se convertiría en el de una muñeca de trapo inanimado. Y rápidamente cargaría con ella hasta su coche, estratégicamente aparcado a pocos metros. La introduciría con celeridad en el asiento de atrás. Y saldría conduciendo de la zona costera y se dirigiría hacia el campo, más allá de la ciudad, mientras el viejo Jagger se desgañitaría interpretando "Sympathy for the devil". Llegaría a la vieja masía de sus abuelos, abandonada desde hacía años. Y con la luna llena como único testigo, cargaría con el cuerpo de la mujer hasta llegar al pozo qué tan bien conocía. El pozo donde descansaba el cuerpo sin vida de Paula. La mató el mismo día en que ella rechazó su invitación, después del trabajo. Cuando debía estar tomando café con ella. Paula descansaba allí desde hacía más de un año, junto a todas las demás. Catorce mujeres hasta la fecha. Una por plenilunio.

 

Juan Carlos Enrique Forcada
Castellón, 28 de junio de 2005


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Saturno devorando a su hijo. Goya.

 

 

 

Una estupidez

La herida tenía mal aspecto. Era una incisión limpia que se abría desde el centro mismo de su pecho, lo que hacía presagiar lo peor. Sin embargo, las garras afiladas del dragón eran curvas y eso le salvó la vida. La profunda incisión, pese arrancar del punto en que hubiese sido mortal, no llegaba a alcanzar el órgano vital ya que se desviaba hacia la derecha a medida que profundizaba en la carne y el hueso. Pero dolía. El caballero sentía un dolor intenso, intermitente que iba y venía. Una lágrima no contenida se derramó por su mejilla izquierda mientras todos los músculos de su cuerpo se contraían con una nueva y dolorosa punzada. Bebió un largo trago de vino de Graal para mitigar el dolor y se juró nunca volver a intentar un ataque frontal a pecho descubierto contra un dragón. Aunque el dragón fuera aparentemente tan inofensivo como aquel.

Aquel intento fue una estupidez que estuvo a punto de acabar con su vida.

Sin embargo, el caballero sabía aprender de sus errores.

Juan Carlos Enrique
Castellón, 26 de junio de 2005.

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San Jorge y el Dragón. Rubens.

 

 

 

Negatividad

La buscas con la mirada por toda la sala. Quinientas personas. No la ves. Llegaste tarde. El concierto está a punto de empezar. No vas a verla. Jodida negatividad.

Dios, esto ya lo viví antes. Muchas veces.

Buscas un hueco y encuentras una butaca cerca del pasillo lateral. Por si tienes que salir huyendo. Junto a la butaca vacía una cría gorda. Gorda. No tiene ningún atractivo para ti. Mejor. Levantas la vista y haces un barrido. De las primeras filas a las últimas. De derecha a izquierda. No la ves. Puede que no vaya a venir. Soledad. La gorda de tu lado te mira con curiosidad. ¿Qué hace un tío con traje y corbata en un acto para universitarios? Que la jodan.

Levantas la vista de nuevo hacia el centro de la sala. ¡Ahí está ella! El corazón te da un vuelco. Dios, ¡ahí está! Destaca entre la multitud. Solo la ves a ella. Solo existe ella. Tras ella dos chicos jóvenes. Van con ella. Uno de ellos será su pareja. Negatividad. No. Viene sola. De nuevo sola. Como cada vez que te has encontrado con ella últimamente. Ahí está. Sola. No hay nadie más. Avanza hacia el frontal del escenario. La vas a perder. Se sentará en primera fila y tendrás que esperar al final del concierto para tenerla cerca. No la encontrarás entre tanta gente. Negatividad.

Ella llega hasta el final de las butacas y parece buscar a alguien. No lo encuentra. Duda. Y se dirige de nuevo hacia la salida. ¡Haz algo! Te levantas. Le pides a la gorda que te cuide la butaca. Es una buena butaca, por si tienes que salir huyendo. Y te diriges rápidamente hacia la puerta de salida. Sin mirar atrás, sintiéndola cerca. Sales de la sala, te diriges hacia el baño. No entres. Te das la vuelta y echas una rápida mirada hacia la salida del salón de actos. No está. ¿Qué hago? Buscas nervioso en los bolsillos de tu traje. Pantalón, chaqueta. Tus inseparables y asquerosos Marlboros están ahí. Sacas uno. Buscas fuego. No lo tienes. Estás nervioso. Das dos pasos en una dirección, luego en otra. Levantas la vista. ¡Ahí está ella! Radiante. La única mujer en el mundo.

Me alegro mucho de verte.

Por un instante crees ver un brillo de cierta sorpresa en sus ojos. Será el tono. Se notó la sinceridad en tu frase. Joder, realmente te alegras de verla. ¿Lo notó? El brillo desaparece de sus ojos. Quizás nunca estuvo ahí. Ella también se alegra de verte. O eso dice. ¿Realmente se alegra? No lo sabes. Dudas.

Negatividad.

Una conversación breve. Dos minutos, tres minutos. Aunque estás deseando decirle que te vuelve loco, tus palabras son frías, intrascendentes, vacías. Hablas por hablar. Miedo. Nervios. Estás acostumbrado a tratar con la gente. Sabes comunicarte, sabes hablar. Tienes tu encanto. ¿Donde está ahora? No dices más que banalidades mientras te balanceas de un lado a otro. Te das cuentas. Paras. Vuelves a moverte. No sabes ni lo que dices. ¿De qué coño estás hablando? Tu voz suena tranquila. Mientes.

El concierto va a empezar. Ella se dirige hacia la sala y tú la sigues. Cruza la puerta de entrada franqueada por un gorila que por un momento te recuerda a San Pedro. O al perro de dos cabezas que vigila las puertas del infierno. Como se llame. Y sin mirar atrás, sin una palabra más, ella se dirige hacia su butaca, muy lejos de la tuya.

Adiós.

Podías haberle dicho que se sentara contigo. Podías haberle dicho que tenías algo que contarle. ¿Te acuerdas? Podías haberle dicho que hace varias noches que sueñas con ella. Literalmente. Podías haberle dicho que creías estar enamorado de ella. Que eras un tío interesante. Que querías intentarlo con ella. Que sabías que iba a funcionar. Que lo intentarías con todas tus fuerzas. Que no te podías quedar con la duda.

Es ella. La única. Hasta pronto. O no. Negatividad.

Suenan las primeras notas de "Si tu no estás". Comienza el concierto.

Si tu no estás...

 

Juan Carlos Enrique
Castellón, 21 de abril de 2003.

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El grito. Munch.

 

 

Sólo un instante

En aquella tarde de agosto, el mar está tan liso como un espejo. Aparentemente firme como el mármol. Una superficie plana y brillante que se extiende más allá de donde alcanza tu vista. Más allá de los cayos que se recortan misteriosos en el lejano horizonte. Un cormorán solitario se abrasa al implacable sol tropical, posado sobre un poste de madera que emerge del agua. No hay brisa. Solo sol y una apacible calma. El murmullo jovial de las gentes que se reúnen en la cercana playa de negras arenas, apenas puedes percibirlo. Casi no se escucha. Se pierde. Cada instante resulta menos audible a medida que te abstraes y te concentras solo en aquello que realmente tiene valor en este momento. El mar. El sol. Los cayos. El cormorán.

Sabes a ciencia cierta que este es uno de esos momentos que nunca podrás olvidar. Aquel paisaje, aquella calma y aquel calor, resurgirán claros y nítidos en tu mente cada vez que cierres lo ojos y desees revivirlos.

Lo sabes.

Y con este pensamiento te abrazas a ella. Y lo haces con un abrazo sincero. Un breve beso en su cuello. Y ella responde con un ligero estremecimiento. Es sincero también, lo sabes. Y la miras a los ojos, esos ojos negros que te hipnotizan. Y preguntas con la mirada. Y ella no quiere responder, lo evita, le da miedo. Pero responde. De repente se da cuenta. Siente que está expresando algo que no quiere expresar. Miedo. Baja la cabeza y su mirada se dirige hacia el horizonte.

Sabes que nunca podrás olvidar aquel instante. El mar. El sol. El cormorán. Los cayos.

Diana.

 

Juan Carlos Enrique
Nueva Gerona - Isla Juventud, 8 de agosto de 2004.

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Playa Bibijaua - Isla Juventud (Cuba)

 

 

 

Resaca

Buf!

Su voz sonó como un gruñido. Notaba la garganta acartonada, sucia. El efecto de dos cajas de Lucky Strike fumados compulsivamente la noche anterior, se hacía notar. Hacía un segundo que acababa de despertar. El sueño no había sido nada reparador. No recordaba a qué hora se había acostado, pero creía recordar que había visto la luz del sol, por lo que por lo menos serían las ocho de la mañana. -¿A qué hora sale el puto sol?- Tosíó y nada mas hacerlo, notó en la garganta una generosa cantidad de flema que ascendía desde sus pulmones, o desde su nariz, o desde donde cojones fuera. Tenía que ir al baño.

Se levantó tambaleante y se dirigió al lavabo. Por el camino tropezó con sus pantalones tirados en el suelo y casi cayó de bruces al suelo de la habitación. La flema seguía en su boca y sintió arcadas. Tenía ganas de vomitar. Con urgencia llegó al baño, metió la cabeza en la taza del inodoro y escupió una bola de flema verdosa y sanguinolenta. - ¡mierda! - Las arcadas seguían y tuvo que hacer un soberano esfuerzo para no vomitar. Contó mentalmente de cincuenta a cero al revés. Hacía esto cuando sentía ganas de vomitar, y normalmente le funcionaba. Lo había leido en un relato de Stephen King. Uno que iba de un fulano que se naufragaba en un islote desértico, sin comida, pero con varios kilos de heroína pura. Y acababa volviéndose loco y cortándose sus propias piernas para comérselas. - El cabrón se lo debió pasar de miedo, joder- Y se rió como un demente. La carcajada hizo que dejara de contar y volvieron inmediatamente las arcadas. Siguió contando -cincuenta, cuarenta y nueve, cuarenta y ocho- las ganas de vomitar pasaban.

En ese momento notó el tremendo dolor de cabeza. Era un dolor raro, indeterminado, La sensación dolor en la parte frontal izquierda del cráneo, la percibía de manera irreal. Su cabeza no estaba para percibir sus sensaciones corporales con normalidad. Veía borroso, como si hubiese niebla. - ¡joder, parece que esté en Londres!-. Se dio cuenta de que desvariaba. Su cabeza no funcionaba bien. Había tomado quince, quizás veinte gin tonics. Ginebra azul, como la que bebía el protagonista de aquella novela de Reverte. - ginebra azul, vaya mierda. Bombay Shapphire. Hay que llamar a las cosas por su nombre. -. Pensó que Reverte debía tener algún problema con los fabricantes de la ginebra. Seguía desvariando.

Notó el sabor de su boca. Sabía a mil demonios. Su aliento daba asco, estaba claro. - Joder, menos mal que esta noche he dormido solo- pensó -estoy como para darle un beso a una mujer -. De nuevo rió, y de nuevo volvieron sus náuseas. Esta vez no pudo retenerlas y vomitó. Escupió un poco de un líquido parduzco y maloliente, que hizo crecer sus náuseas. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el esfuerzo de intentar sacar del estómago un contendido que no existía. Noto la afluencia de sangre a la cara, que seguro tenía como un tomate. - Joder, joder, joder. - No estaba bien.

Escupió en el water a conciencia, intentando eliminar de su boca cualquier resto de vómito. Y de aquel sabor asqueroso que notaba en su boca seca. Se acercó al lavabo y por primera vez pudo ver su cara reflejada en el espejo. Tenía mal aspecto. Su barba de dos días y su pelo deshecho tras revolverse en la cama, le daban un aspecto lamentable. Sus ojos estaban enrojecidos y sus labios, resecos y azulados.

Sacó un cepillo de dientes viejo, con las cerdas deshilachadas, que pedía urgentemente la jubilación. Puso en él un poco de pasta dentífrica y se cepillo los dientes a conciencia. Tenía que eliminar aquel sabor asqueroso de su boca. Se enjuago. Enjuagó el cepillo y de nuevo puso sobre él una generosa cantidad de pasta. Se volvió a frotar los dientes compulsivamente. Y al frotarse con la boca medio abierta, parte de la pasta de dientes escapó de su boca y del cepillo, para acabar dibujando una lluvia de gotitas blancas sobre el espejo. - mierda - balbuceó, y al hacerlo, un poco de agua espumosa cayó de su boca a la pila.

Necesito una ducha.

Solo conservaba puestos unos calzoncillos con los que había dormido. Un boxer negro que presentaba pequeñas manchas de orina. O de esperma. No lo sabía. Se lo quitó y en la operación estuvo a punto de perder el equilibrio y caer de bruces sobre el bidé. -Mira que si me abro la cabeza contra el puto bidé, Vaya forma más tonta de morir-. El pensamiento le hizo esbozar una ligera sonrisa, mientras ganaba su batalla con el calzoncillo, y lo lanzaba descuidadamente sobre el suelo del baño.

Abrió la mampara de la ducha y se metió en ella. Tenía frío. Pero sabía que necesitaba que su cuerpo reaccionase y por ello abrió el agua fría a tope. Lo pensó un poco, y tras un breve titubeo se llevó el teléfono de la ducha a la cabeza. La impresión hizo que por un instante dejara de respirar -¡Su puta madre!-. Pero al tiempo que la impresión del agua helada sobre su cuerpo le hacía estremecer, noto cierto alivio. Evidentemente aquello era bueno para él. Mantuvo el contacto con el agua durante unos pocos minutos, al tiempo que enérgicamente se frotaba el cuerpo con la mano libre. Pasó el chorro por su cabeza, luego por sus axilas, por su pecho, su espalda, su sexo, su trasero y después por las piernas. Y de nuevo volvió a la cabeza.

Aquel iba a ser un día duro. Lo sabía. Y todo por aquella mujer -¡maldita zorra!- que lo tuvo pegado a sus curvas durante la noche. Y todo lo que sacó de ella fueron unos besos furtivos en el coche. Y nada más. Eso, y una monumental borrachera que agarró cuando ella se fue a las seis de la mañana dejándolo solo. Solo e imbécil. Porque en aquel momento se había sentido muy imbécil.

Puta de mierda. Que te follen. - gritó al tiempo que cerraba el grifo. Los vecinos debieron oírle por el elevado volumen de su voz.

 

Juan Carlos Enrique
Castellón, 12 de Noviembre de 2003

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Baco y Ariadna. Tiziano.

 

 

Una historia casi real

Yolanda era muy bonita. Más bonita incluso que el recuerdo que él tenía de ella. Hacía tiempo que pensaba que nunca la volvería a ver. De hecho, hacía varios meses que no tenía noticias de ella.

Se conocieron hace casi un año. Una noche de alcohol. Él estaba en un club dance de su ciudad, al que de cuando en cuando acudía. Allí se olvidaba un poco de todo. Bailaba como poseso al ritmo del dj de turno. Ritmos hipnóticos. Uno pillaba el punto y simplemente se dejaba llevar. Se unía al éxtasis colectivo y bailaba frenéticamente. De cuando en cuando, en pleno éxtasis se acercaba a alguna de las chicas que como él bailaban al ritmo de la música electrónica, y tonteaba un tanto con ella. Pero normalmente no se pasaba de ahí. Unos y otros estaban demasiado entregados al propio movimiento corporal, como para dedicarse a los juegos entre hombres y mujeres.

Aquella noche, sin embargo, fue un tanto distinta. En el club, él encontró a una vieja amiga, Karina. Había tenido unas cuantas noches de sexo con ella en el pasado, de eso hacía seis o siete años. En su momento llegó a estar encaprichado de ella y ella sin embargo, lo había rechazado. Pero eso ya pasó. Hacía tiempo que eran solo amigos. O mejor, simplemente conocidos. De hecho apenas se veían. Y cuando se encontraban había cierta tensión en el ambiente, que al menos a él, lo hacía sentirse incómodo.

Aquella noche, Karina, que era encargada de un salón de belleza, iba acompañada de cinco o seis compañeras de trabajo. Estaban celebrando una cena de empresa. Ellas bailaban en el centro de la pista del club. Él y su amigo Juan, que esa noche le acompañaba, se unieron al grupo. El alcohol hacía su efecto deshinibidor y propició el acercamiento. Ellos saludaron a Karina, quien les presentó una a una a todas las chicas que le acompañaban.

Casi inmediatamente él se fijó en Yolanda. Le llamó mucho la atención. Su pelo negro rizado y fuerte y su piel oscura, indicaban claramente su condición racial. Era mulata. A él le resultaban especialmente atractivas las mulatas. En sus viajes a Cuba, conoció a algunas. Estas mujeres, que combinaban en su ser genes de raza blanca y negra, destacaban por aunar los más interesantes rasgos de ambas etnias. Labios carnosos, pelo negro, ojos normalmente oscuros y curvas especialmente atractivas.

Él inició enseguida conversación con ella. Se dio cuenta de inmediato que Yolanda, Yoli, como quería que la llamaran, había bebido demasiado. Estaba bastante bebida y era complicado mantener una conversación con ella. Por su estado y por la situación, ya que la pista de un club techno no es el mejor lugar para hablar. Él la invitó a tomar una copa y con ese pretexto se la llevó a la barra.

Allí, más tranquilamente, pudo fijarse en sus ojos. Unos ojos atractivos a los que la embriaguez les daba un toque dulce que a él le encandiló. También se fijó un poco más en su cuerpo. Sus veintitres años -él tenía entonces treinta- le daban una insultante belleza. Sus pechos, no demasiado grandes, se adivinaban firmes bajo su suéter. Sus muslos encantadoramente anchos y la visión con los ojos de su imaginación, de su culo firme y duro, le provocó una ligera erección.

Esa noche, no pasó nada. Siguieron juntos hasta la salida del sol. Ella fue recuperando la sobriedad poco a poco. Acabaron en casa de él, tomando una copa junto con Juan y otra de las chicas del grupo. Charlaron de tonterías, bebieron. Juan intentó besar a su chica, no pasaron de ahí. Yolanda no se dejó apenas tocar. Solo un breve y forzado beso en la despedida. Y nada más. Solo un recuerdo de una noche un tanto loca.

Después de ese día, él la llamó alguna vez, cruzaron algunos mensajes desde sus móviles. Y se vieron un par de veces. Ella le aclaró desde un principio que desde hacía casi cuatro años, mantenía una relación formal con un chico. Tenía un novio. Y pese a que discutían frecuentemente, como le confesó, ella le quería. Aunque nunca se lo dijo a él con estas palabras. Yoli le dejó claro, que nunca pasaría nada entre ellos. Y al final, con resignación, él lo había aceptado.

Por eso, cuando Yoli le llamó unos días antes y le propuso cenar con él, no se hizo ningún tipo de ilusiones. Ni siquiera pensó que tendría posibilidades de pasar a mayores con ella, cuando insistió en que, en lugar de salir a cenar a un restaurante, fuera él quien preparara cena para los dos en su casa. Él era una persona apasionada, muy enamoradiza y su vida sentimental era bastante errática, siempre dispuesto a besar unos labios nuevos. Sin embargo, también era muy práctico. Esta estrategia le ahorraba sufrimientos innecesarios. Por todo esto, se planteó la cena con Yoli como una cena de amigos. Tenía claro que tampoco esta vez iba a pasar nada. Y se prometió que ni siquiera iba a intentar besarla. En ocasiones anteriores, cuando se habían visto, lo había intentado. Y ella siempre se había negado. Ni siquiera un beso.

Él vivía solo desde hacía años. Y disfrutaba con el rol de "amo de casa" siempre que su trabajo como directivo de una empresa de comunicación y su intensa vida social, se lo permitían. Sobre todo le encantaba cocinar. Era un buen cocinero, amante de la buena cocina y sabía como agasajar a sus invitados. Aquel lunes de Octubre, salió antes del trabajo y a media tarde, después de hacer la compra, se metió en la cocina, dispuesto a preparar una cena agradable en honor de su amiga. Preparó como entrantes una ensalada verde templada con gambas y nueces. Un buen foie francés regado con un selecto moscatel denominación de origen Alicante. Y como plato fuerte unos spaguetti al aglio e olio. A ella le gustaba la pasta.

Hacia las nueve llegó Yoli. Él le enseñó las novedades de la casa, un nuevo dormitorio en roble claro que daba una nueva calidez a la estancia. Tras la visita a la casa, tomaron juntos una cerveza y después cenaron y charlaron animadamente. Ella se mostró gratamente impresionada por las dotes culinarias de él. Le gustó la ensalada, le gustó el foie y también la pasta. Sin embargo el vino no fue de su agrado, un Protos jóven de Ribera del Duero que él había elegido de su pequeña bodega particular, pensando que podía acertar. Pero no fue así. A ella no le gustaban los tintos, era evidente. La próxima vez que cenaran juntos, se decantaría por un blanco afrutado. Quizás un Diamante de Rioja o un Gewustraminer de Somontano, o un Ribera Alta de Alicante. Los vinos rosados, prefería no ponerlos en su mesa. Él siempre decía que los rosados como vinos no eran muy buenos, aunque como laxantes eran excelentes. Los vinos rosados son el vino de los que no aprecian el vino. El vino. Otra de las pasiones de él.

Cenaron, charlaron, hablaron de sus cosas, nada demasiado personal. Se rieron tras la cena intentando hacer unos cigarros de marihuana. Él no solía fumar, pero casualmente tenía en casa un poco de hierba. El fin de semana estuvo cenando en casa de un amigo que se dedicaba a cultivarla, y le dio un poco para que la probara. Ni Yoli ni él eran fumadores habituales y les costó preparar los cigarros. Uno y otro lo intentaron, el tabaco que se caía por el suelo, el papel de fumar que no pegaba. Se rieron, y aquello se convirtió casi en un juego.

Al final consiguieron liar un par de canutos y fumaron. La falta de costumbre hizo que uno y otro se sintiesen afectados por la maría enseguida. Y entonces, sin saber como, la conversación se tornó un poco más personal.

- Yoli, sabes que me tienes loco, ¿verdad?
- Calla tonto.

Ella esbozó una sonrisa vaga. Sus ojos delataban que la maría que ese momento estaba fumando hacía su efecto. Él también se sentía afectado. Notaba que sus labios esbozaban una sonrisa un tanto tonta. Ella se rió, y él se contagió inmediatamente.

Yoli se quejó de que le dolía el cuello. Sufría de las cervicales, él lo había comprobado. El día en que se conocieron, en casa de él, le hizo un masaje. La situación fue un tanto cómica. Ella, bastante bebida estaba tumbada sobre la cama, de espaldas. Se había quitado el sueter y mantenía el sujetador y los vaqueros. Aquel día, él insistió en que se quitara el sostén para dejar toda su espalda al descubierto y poder así hacer mejor el masaje. Pero ella, se negó rotundamente. Y el masaje de aquel día, fue de lo más inocente.

- ¿Quieres que te haga un masaje? Sabes que soy un experto.

Ella dudó y de entrada dijo que no mientras llevaba la conversación por otros derroteros. Pero al poco cambió de idea. Debía de recordar como algo positivo aquel masaje del día en que se conocieron. En el estéreo Maceo Parker arrancaba sensualidad de su saxo.

Yoli estuvo de acuerdo en que él le hiciera un masaje. Entraron en su habitación. Él de nuevo le pidió que se quitara el sujetador. Esta vez lo hizo. Pero insistió en que él estuviera de espaldas. - ¡No mires!- Él obedeció y mantuvo la tentación de darse la vuelta y observar su semidesnudez en el espejo que ocupaba la pared opuesta del cuarto.

- Ya puedes girarte.

Ella se había tumbado sobre la cama, boca abajo. Conservaba sus pantalones, pero estaba desnuda de cintura para arriba, de espaldas. Él se sintió un poco excitado al instante, y notó como se manifestaba una ligera erección en su entrepierna. Se sentó a horcajadas sobre sus nalgas y pudo notar la firmeza de su trasero, sobre el que estaba.
Ella tenía la cabeza ladeada y cerraba los ojos, un tanto embriagada por la marihuana y el alcohol que habían tomado. La visión de su espalda, deliciosamente oscura, que terminaba en su cuello donde arrancaba su pelo negro, le complació. Él era bueno haciendo masajes. Había aprendido una técnica un tanto especial de unos amigos budistas. Éstos, predican la necesidad de que los seres humanos encuentren el bienestar interno, para a partir de este estado de paz propio, transmitir esta paz, en forma de energía a sus semejantes.

En aquel momento se produjo una química importante entre ambos. Realmente él quería complacerla. Quería verla sentirse bien. Respiró profundamente un par de veces, al tiempo que cerraba los ojos y se relajaba. Delicadamente, puso sus manos sobre ella. Pudo notar la suavidad y la calidez de su piel. Realmente la energía estaba fluyendo, podía notarlo. Notó como ella se dejaba tocar sin pudor ni tensión y como recibía con agrado sus manos.

Al principio sus manos subieron y bajaron por la columna, tocando y alineando cuidadosamente sus vértebras. Primero más suavemente y luego con más energía. Él estaba concentrado en lo que hacía, muy relajado. Disfrutaba del contacto físico y ella lo estaba disfrutando igualmente. Sus manos, cálidas subieron hasta el cuello y lo acariciaron masajeándolo suavemente. Después se desplazaron hasta los hombros y los amasaron con cariño. Ella disfrutaba, lo podía notar.

Siguieron así durante un tiempo, ninguno de los dos podría decir cuanto. En un momento dado, él se fijó en que ella jadeaba ligeramente. Solo se trataba de un cambio leve en su manera de respirar. Pero él notó que efectiva,ente, algo había cambiado. Y se sintió contagiado por aquel cariz incipientemente erótico que el masaje estaba tomando. Sus manos, más atrevidas, se desplazaban hacia los laterales de su espalda, acercándose a las axilas y bajando ligeramente para rozar levemente el inicio de sus pechos desde la espalda. Ella daba señales de estar excitada. Sus leves jadeos se tornaron claramente perceptibles, en forma de suspiros y venían acompañados de ligeros estremecimientos de todo su cuerpo.

Sabía que había llegado el momento de dar el paso. Él dobló su espalda hasta llevar su cabeza hasta su cuello y desde ahí acercó sus labios hacia su mejilla ladeada sobre la almohada. Ella recibió sin resistencia los besos dulces de él sobre su mejilla. Y también se dejó besar en los labios sin ofrecer resistencia. Sus labios buscaron ávidamente los de él y se fundieron en un beso, mientras sus cuerpos entraban en contacto. El pecho de él, estaba pegado a la espalda de ella.

- Apaga la luz.

Él obedeció y la habitación quedó en una casi completa oscuridad. Él se quitó la camisa. Ella se quitó los pantalones. Y sus cuerpos semidesnudos, se encontraron. Se besaron con la avidez con que se besan dos bocas que se encuentran por primera vez. Los pechos de ella se adosaron al pecho desnudo de él. Se acariciaron. Se tocaron con la urgencia que da una unión furtiva.


Él acarició la cabeza, la espalda y cada vez más excitado, sus pechos. Eran como él había imaginado. Cálidos, insultantemente tersos. Ella desprendía ese embriagador aroma dulzón que solo algunas mujeres jóvenes y bellas desprenden. Él se sintió embriagado por un arrebatador sentimiento de felicidad, de plenitud. Sintió que toda su vida se había estado preparando para ese momento, y que por fin había llegado. El mundo podía acabarse mañana, poco importaba. Aquel momento valía perfectamente una vida.

Siguieron acariciándose durante un rato. Ninguno de los dos sabría decir si fueron minutos o si fueron horas. Él se subió encima de ella y dejó que sus cuerpos, a través de los pantalones de él y de las bragas de ella se rozaran.

- Esto me está gustando -dijo Yoli- y me va a gustar más a partir de ahora.

Él dudó un instante y calibró si había entendido bien. No quería estropear aquel momento diciendo o haciendo algo inapropiado. Se quedó un tanto pensativo, pero ella rubricó sus palabras con hechos. Bajo su cabeza hasta los pantalones de él. Le desabrochó el pantalón, le bajo la cremallera y furiosamente le bajó los pantalones. Él le ayudó, despojándose de los pantalones y de los calzoncillos. Ella mientras, se quitó sus braguitas.

Ambos quedaron totalmente desnudos. Y sus cuerpos se buscaron con urgencia, quedando unidos en un profundo abrazo.

Ella estaba nerviosa, se le notaba. Intentó decir algo. Dudó. Al fin y al cabo tenía pareja formal. Dijo algo de que en cuatro años era la primera vez que estaba con otro hombre. Pero él la acalló besando sus labios apasionadamente. No había nada que decir. No había marcha atrás. Cuando las fuerzas de la pasión aparecen, nada puede aplacarlas.

La cabeza de ella buscó su entrepierna. Sus labios besaron apasionadamente su sexo. Él se estremeció como respuesta.

- ¿Te gusta?
- Como no me va a gustar -dijo él- como no me va a gustar.

Y acercó sus labios hasta los suyos para besarlos de nuevo, como si aquella fuera la última vez.

Yoli, tumbada boca arriba sobre la cama, le recibió con ansia cuando él subió sobre su cuerpo y la penetró. Hicieron el amor dulcemente, despacio, sin ninguna prisa. El tiempo se detuvo y el mundo pareció haber dejado de girar. Pasó un minuto, quizás una hora, quizás menos tiempo. Ninguno de los dos sería capaz de saberlo. El tiempo dejó de existir mientras ellos seguían unidos en una perfecta comunión de sus cuerpos. Ninguno de los dos parecía querer que aquel éxtasis acabase.

Finalmente él se estremeció y se deshizo en un tremendo orgasmo, mientras ella clavaba sus uñas en su espalda.

Las últimas notas de "Homeboy" sonaron y después, el silencio. Maceo Parker acabó su interpretación. Y los dos amantes cayeron rendidos sobre la cama, sin hablar, mientras sus respiraciones y sus corazones recuperaban su ritmo normal.

No la había vuelto a ver desde entonces. De aquella noche sólo quedaba el recuerdo de su último beso apasionado en el rellano de la escalera, antes de coger el ascensor para marcharse. A él solo le quedaba el recuerdo de aquel beso, y un mensaje sms que recibió en su móvil, pocos minutos después de que ella se hubiese marchado.

- Ha sido el masaje + sensual de mi vida.

Juan Carlos Enrique
Castellón, 11 de Noviembre de 2003

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La maja desnuda. Goya.

 

 

 

Adios a El Hierro

El ronroneo de los motores lo despertó suavemente. Ese sonido estuvo siempre ahí, monótono. Antes no lo había notado, pero ahora, había sido la causa de su despertar.

Hacía dos horas que habían partido del puerto de La Estaca, en la Isla del Hierro, la más oriental de las Canarias. Había tomado el Barlovento, un viejo ferry de la compañía naviera Fred Olsen, que realizaba la ruta regular hasta Tenerife.

Cuando dejaron la base náutica, el mar se presentaba bravo, un tanto amenazador, de un azul intenso salpicado de las manchas blancas de la espuma que el fuerte viendo levantaba. Al dejar la seguridad de las instalaciones portuarias, el Barlovento se movía en un regular vaivén, saltando entre las fuertes olas. Resultaba incómodo pasear los la embarcación, por lo que decidió recostarse y dormir, lo que consiguió enseguida por el constante movimiento.

Ahora, sin embargo el mar se mostraba más tranquilo. Seguía teniendo el inconfundible azul que indica que bajo su superficie existen metros y metros de aguas claras y profundas. Él, se levantó de la butaca donde había estado dormitando y paseó por la cubierta donde se encontraba. Se acercó hacia los ventanales de que daban hacia la proa, y a través de ellos vio levantarse al frente la inconfundible silueta del Teide, el pico más alto del territorio español con sus más de 3.000 metros de altura. A la izquierda del ferry quedaba la isla de la Gomera. Posiblemente el mar se encontraba tranquilo en aquella zona debido a la influencia de esta isla. Al igual que ocurría en el llamado Mar de las Calmas de El Hierro, en aquella zona por donde navegaban, La Gomera frenaba la fuerza de los vientos alisios y les impedía levantar oleaje.

La cubierta del barco donde se encontraba, consistía en una gran sala enmoquetada, decorada con dudoso gusto y que necesitaba sin duda una limpieza y un cambio de decoración. Mesitas circulares fijadas en el suelo, acompañaban a las sillas y pequeños sofás dispuestos para acomodar a los viajeros. En el centro de la gran sala, una tienda atendida por la tripulación, vendía camisetas y otros recuerdos para turistas sin criterio. Un pequeño bar dispensaba bebidas alcohólicas a los más animados. Incluso una pequeña sala de juego con máquinas recreativos, se ofrecía como diversión a los pasajeros, quienes con un poco de mala suerte, podrían dejarse bastante más de las 3.000 pesetas que costaba el pasaje más económico.

Las gentes que viajaban el Barlovento eran de lo más diversas. Dos parejas canarias de mediana edad, bebían cerveza Reina al tiempo que comían pollo al horno y charlaban animosamente. Volvían a su casa en Tenerife, tras visitar a unos familiares en El Hierro. Más allá, un grupo de jóvenes ataviados con camisetas que proclamaban su condición de buceadores, seguramente andarían comentando las magníficas inmersiones realizadas en las aguas canarias. Una pareja de turistas alemanes consultaba folletos sobre Tenerife, isla donde se disponían a continuar sus vacaciones. Algunos chicos y chicas herreños escapaban hacia la capital, aprovechando las vacaciones, huyendo de la monotonía de una isla donde todos se conocen. Otros muchos, debido a lo avanzado de la hora, sesteaban o tomaban café.

Él siguió paseando por cubierta. Poco a poco, la isla de La Gomera iba quedando atrás al tiempo que el Teide, a proa, se alzaba cada vez más imponente.

 

Juan Carlos Enrique
Islas Canarias, 2002

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La Azohía (Cabo Tiñoso)

¡Esto es el paraíso!

Estas palabras surgieron de sus labios sonando casi como un grito, sin pensar. Inmediatamente el eco devolvió su exclamación como subrayándola y enfatizándola más si cabe. En realidad él solo reflejó en este grito la emoción que le producía aquel paisaje. El color oscuro de las formaciones rocosas que se alzaban majestuosas ante su vista, terminaba de golpe en la herida abierta de la tierra frente al mar que eran los acantilados. Bajo ellos la inmensidad de un mar transparente y azul, sobre el que el tórrido sol de las primeras horas de la tarde se reflejaba en mil brillantes, como si un majestuoso traje de lentejuelas de alguna celebridad del cine antiguo se tratase. A lo lejos, sobre la gran superficie azul y heterogéneamente brillante, muy pequeños, se veían los barcos que faenaban en la almadraba. Y más pequeña aun, se distinguía la línea de puntitos que formaban las boyas que indicaban la presencia de la red. Él reflexionó un instante, y pensó en el ingenio que demostraban los hombres del mar, que desde hacía siglos, pescaban el bonito, el atún, el pez espada y otros peces pelágicos de costumbres migratorias, con este arte. Desde el sur, por la bahía que formaba el Puerto de Mazarrón y más allá Aguilas con su cabo, imaginó a los peces en su mundo azul y silencioso, avanzando veloces en aquellas frías y profundas aguas, hasta llegar a la aquella red que los obligaba a desviarse de su ruta y los dirigía hacia la cita mortal con los pescadores.

La ropa de verano que vestía, pantalón beige corto de cuatro bolsillos y una camiseta clara, apenas servía para proteger su piel de los rayos solares que se derramaban implacables sobre el árido paisaje. El calor era realmente intenso y sofocante, aunque la suave brisa marina que llegaba desde el Sudeste, lo hacía soportable.

Las aves marinas iban y venían sin rumbo aparente en un gran baile que llenaba el cielo de movimiento y secos sonidos. Una gran gaviota blanca, con sus alas abiertas al máximo y casi inmóviles, ascendió desde el lugar donde el mar, calmado, rompía mansamente contra las paredes rocosas en un punto donde el azul profundo y oscuro se transformaba en azul verdoso y en blanco después al formarse espuma por la rompiente. El ave, sin esfuerzo aparente, sin apenas batir las alas blancas de puntas negras, ascendió suave y majestuosamente. Fue ganando altura y amoldando su vuelo a la agreste orografía que el paisaje costero del Cabo Tiñoso, le ofrecía. Siguió con la vista al pájaro en su aparentemente lento evolucionar, hasta que se perdió tras un peñasco. - ¿Dónde irá? - se preguntó. Y su pensamiento se hizo extensivo a todas aquellas docenas de gaviotas que desde el alto donde se encontraba, podía ver.

Pensó que podría quedarse allí para siempre, simplemente observando aquel espectáculo que la Naturaleza le ofrecía. Una sensación de paz y relajación le invadía, como fluyendo desde sus pies hasta su cabeza y viceversa. Aquello era el paraíso, y le gustaba.

 

Juan Carlos Enrique
Castellón, 22 de Abril de 2001

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