logo web

crónicas de viajes: marruecos
Viajes

FORMATO PARA IMPRIMIR

Norte de Marruecos
Texto: Juan Carlos Enrique / Fotos: WWW

 

 

DÍA 1 : DE CASTELLÓN A ANTEQUERA
(29/12/2004)

La celebración anticipada de la nochevieja, me hace llegar agotado y prácticamente sin dormir a la estación de trenes de Castellón, punto de partida de mi ansiado viaje hacia Marruecos. No existe ninguna combinación directa desde mi ciudad hasta Algeciras, puerta del continente africano. La única opción que ofrece Renfe es realizar el trayecto hasta Bobadilla, para allí enlazar al día siguiente con el tren que lleva hasta Algeciras.

El tren parte puntual a las 10:36 de la mañana. El trayecto hasta la estación de Bobadilla, provincia de Málaga, transcurre sin pena ni gloria. Estoy cansado. Pasamos por Valencia, Córdoba, tomamos un poco el sol en el cruce de caminos de Alcázar de San Juan... Sin incidencias destacables. El cansancio me impide disfrutar plenamente del viaje..

Unos jubilados malagueños y cordobeses animan el vagón del Arco con su animada charla. Política, racismo, economía.... Las largas horas del viaje hacen que el grupo de tertulianos se atreva con todo. A veces esbozo una sonrisa. Si no fuera por la somnolencia, me apuntaría a la tertulia.

Al final, Bobadilla, fin de la primera etapa del viaje. Han sido cerca de diez largas horas de trayecto. Demasiadas.

bobadillaBobadilla es una pedanía perteneciente al municipio de Antequera, en Málaga. En Bobadilla no hay ningún alojamiento, así que no tengo más remedio que desplazarme hasta Antequera, a unos 20 kilómetros de la estación. No hay autobuses hasta la ciudad - sorpresa - y la única opción es coger uno de los taxis que esperan al viajero. Un taxista de pocas palabras me lleva hasta Antequera por unos 25 euros. Es caro. El trayecto discurre por un paisaje poco interesante, que se trasforma en cuanto la ciudad aparece en la distancia. Alguna construcciones históricas, perfectamente iluminadas, hacen que mi ánimo crezca. Visitaré la ciudad.

El hostal-restaurante El Número Uno, en la céntrica calle Lucena, será mi alojamiento esta noche. El local regentado por el señor José no promete. Está en obras y presenta un aspecto descuidado. Sin embargo desde la cocina que se encuentra junto a la puerta de acceso al hostal, llegan aromas prometedores. La habitación es sencilla, pero limpia. Correcta teniendo en cuenta que se trata de uno de los alojamientos más económicos de Antequera - existen muchos hostales, hoteles e incluso un Parador -. Se echa en falta algún sistema de calefacción, dado que el frío es intensísimo en aquellos días.

Tras instalarme en la habitación, decido probar las delicias del local. Un vino montilla con unos excelentes calamares y unas aceitunas, servidas con arte por el señor José, hacen que recupere de inmediato el ánimo. Tras el aperitivo, unos boquerones fritos y bacalao con ajoaceite. Definitivamente, los malagueños son los mejores haciendo frituras.

Y tras la cena, a descubrir Antequera.

Mi paseo nocturno comienza en la misma calle Lucena, donde se encuentra el hostal-restaurante El Número Uno. Subiendo por esa calle, hacia la parte alta de la población, llego a la acogedora Plaza de San Sebastián, presidida por la iglesia dedicada al mismo santo. De ahí, sigo ascendiendo por las calles Zapateros, Viento y finalmente Herradores, hasta llegar a la Plaza de Santa María, puerta de acceso al monumental castillo y Alcazaba, que se encuentra ubicado junto a los recién descubiertos baños romanos. La vista de Antequera que se divisa desde este punto, es única. La iluminación de los edificios emblemáticos, hace que realmente valga la pena subir hasta hasta aquí para disfrutar del paisaje.

A mis espaldas, la monumental alcazaba - construcción árabe -, que a esas horas de la noche se encuentra cerrada al público, como es lógico. Tan solo puedo visitar la plaza de acceso a la misma, donde un grupo de jóvenes se muestra a aquellas horas sorprendido al descubrirme. Fuman maría, creo.

El intenso frío y el cansancio acumulado del viaje me pueden. Decido regresar cuesta abajo hasta mi punto de partida, el Número Uno. Curioso nombre para el hostal que ofrece el alojamiento más económico de la población. ¿Será una cuestión de antigüedad?

Acabo la noche tomando una infusión en el bar del local. El señor José sigue allí con un nutrido grupo de lo que supongo son parroquianos habituales. En la televisión, un aburridísimo Andalucía - Malta. Aunque no tengo hambre ya, más que el fútbol televisado, reclaman mi atención los langostinos de Sanlúcar y el jamón de jabugo que presiden la barra del local.

Es medianoche. Me retiro a la pequeña y fría habitación, que a aquellas horas casi me parece un palacio. El cansancio aprieta. Mañana, mi primera incursión en el continente africano.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

DÍA 2 : CRUZANDO EL ESTRECHO
(30/12/2004)

2.1 ALGECIRAS

mapa estrecho de gibraltarA las siete de la mañana, tal como habíamos acordado, me despierta el señor José. Tras la rutina matinal y tras recoger el equipaje en la mochila, bajo a desayunar. Café con leche y una tostada con un excelente aceite de oliva. Me despido de José y tras abonar la cuenta, emprendo el paseo por Antequera hasta la estación de ferrocarril. Fría mañana.

El Andalucía Express va prácticamente vacío. Tras una vuelta por varios de los vagones del convoy a la búsqueda de un compañero de viaje, doy con David, un catalán de veintipocos que viene desde Dublín, donde estudia, y se dirige a Marruecos. David me cuenta que pasará sus vacaciones en una rave en pleno Sahara que se organiza coincidiendo con la nochevieja. Viaja solo y es su primera incursión en territorio africano. Comparto con él las casi tres horas de viaje. Charlamos, y disfrutamos del paisaje. Aburrido a veces, interesante en otras. Ora urbano, ora salvaje. Resulta un viaje agradable.

Llegamos a Algeciras. En la ciudad se respira una muy personal combinación de zona fronteriza y portuaria. La estación de tren está a escasos 5 minutos a pie del puerto de Algeciras. En la misma entrada del puerto, a mano derecha, encontramos las oficinas de Transmediterránea. Allí compramos sin colas los pasajes para el ferry. David entrará a Marruecos por Tánger. Yo, decido allí mismo hacer mi entrada por Ceuta. La mala fama de Tánger me decanta por esta opción. Visitaré la ciudad, haré noche allí y me adentraré en el reino alauí a primera hora de la mañana del día siguiente.

Tras la compra de billetes, David y yo decidimos aprovechar las casi dos horas muertas que tenemos por delante, para explorar Algeciras. Pregunto a un viandante si existe algún mercado tradicional cerca. Tenemos suerte, ya que a escasos 100 metros del mismo puerto se encuentra el mercado cubierto. Allí nos dirigimos.

África se adivina cerca, se respira ya en la ciudad. Muchos ciudadanos magrebís y subsaharianos circulan por las calles. En el mercado cubierto y en sus alrededores, muchos de los puestos de los vendedores están regentados por árabes. Algunos de ellos son bereberes, sentados sobre sus rodillas frente a un colorido muestrario de productos fundamentalmente agrícolas. Probablemente estos comerciantes cruzan el estrecho cada día para traer sus productos a Algeciras y venderlos allí.

Me resulta llamativa la fusión de culturas existente a mi alrededor. El marcado acento andaluz de los gaditanos de Algeciras, se escucha en la calle mezclado con el peculiar sonido de la lengua árabe.

Hacia la una de la tarde, tras tomar unos calamares y una cerveza en un poco recomendable bar, dejo la zona del mercado y me dirijo hacia el ferry. David me dejó una media hora antes, ya que su barco a Tánger salió antes que el mío.

Tras la cola del checkin, accedo a mi transporte. El ferry de Transmediterránea es un barco rápido que cubre el trayecto Algeciras - Ceuta en unos escasos 40 minutos. Por desgracia, no existe ningún espacio exterior accesible en el ferry y me veo obligado a hacer el trayecto la espaciosa cubierta acristalada destinada al pasaje. En la zona de proa, filas de butacas. En popa, una barra de bar y unas pequeñas mesas estilo pub. Me decido por la popa, ya que a través de los cristales, intuyo me ofrecerá una bonita vista de la península a medida que esta vaya quedando atrás.

El trayecto se hace muy corto. Me entretengo mirando como el Peñón de Gibraltar se va haciendo más y más pequeño a medida que el ferry avanza por las transitadas y bravas aguas del Estrecho. En la proa, invisible desde mi posición, la puerta del continente africano: Ceuta.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]

2.2 CEUTA

El ferry atraca en Ceuta sobre las 15 horas. Sopla un fuerte viento, como es habitual en la zona. El paseo a pie desde el puerto, hasta el casco antiguo, no ofrece grandes atractivos a excepción del Conjunto Monumental de las Murallas Reales. El trayecto es largo. La mochila parece ser más pesada cada minuto.A esas horas de la tarde, las calles de la Ciudad Autónoma de Ceuta, están prácticamente vacías.

Ceuta decepciona. Tras tres intentos fallidos de encontrar alojamiento, acabo en la pensión La Bohemia, muy cerca del poco atractivo Hotel Ulises. Treinta euros por una habitación doble, es razonable. La habitación es sencilla pero limpia. El baño es compartido.

Breve descanso, ducha y vuelta a la calle. Son las seis de la tarde. A esas horas, el aspecto de la ciudad ha cambiado drásticamente. Ceuta es un hervidero de gentes que van y vienen por la calle comercial de la ciudad, el Paseo del Revellín. Es Navidad y los ceutíes en nada se diferencian del resto de españoles. Por un momento pienso que el ambiente de las calles es el mismo que hubiese tenido en mi propia ciudad. Aunque eso sí, el porcentaje de mujeres que visten velos islámicos es mayor en Ceuta que en la península.

Mi paseo errático por el caso antiguo de la ciudad y alrededores no resulta interesante. Ceuta sigue decepcionando. Dejo la zona comercial que nada tiene que ofrecer y visito el llamado Poblado Marinero, junto al Puerto Deportivo. Se trata de un artificial complejo de bares, pubs y restaurantes sin ningún atractivo. Cerca del puerto, se encuentra la oficina de información turística. Me acerco a ella con la intención de que me descubran algo más que visitar. Un aburrido chico atiende la oficina. Mis peores temores se confirman. No hay más que ver.

Desisto de mi paseo y busco alguna recompensa gastronómica. Ando a la caza de un bar interesante. Tras visitar un par de bares poco atractivos, y tras preguntar a los poco acogedores ceuties, acabo en el bar "Casa de Pacho", en la calle Beatriz de Silba, junto a la Plaza de los Reyes. No es gran cosa, pero se salva de la quema.

Tras el tapeo, mis pasos me llevan hasta la plaza de la Constitución. Un pequeño local regentado por un hombre marroquí, ofrece dulces y - ¡por fin! - té a la menta. Muy dulce, con mucha menta - hierbabuena en realidad - y servido en una coqueta tetera de acero. El rato que paso degustando el te en la pequeña mesita instalada sobre la misma acera, me marca el final de la jornada.

En mi camino de vuelta a la pensión, mis ojos se cruzan un instante con la joven marroquí que atiene uno de los quioscos de prensa de la Plaza de la Constitución. Nuestras miradas se cruzan tan solo durante un segundo, antes de que ella siga con su trabajo de recoger la prensa expuesta, mientras yo me quedo durante otros largos diez segundos esperando volver a encontrarme su mirada. Eso no llega a ocurrir. Quizás mañana, antes de abandonar Ceuta, tenga la suerte de encontrarme de nuevo con esos fascinantes ojos negros.

[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 3 : AL FIN, MARRUECOS
(31/12/2004)

LA FRONTERA Y LOS TAXIS COLECTIVOS

En la plaza de la Constitución de Ceuta, punto de partida de los autobuses que van hacia la frontera, el bullicio es importante desde primera hora de la mañana. Tras las pertinentes averiguaciones, cojo por 0,55 € el autobús de las 8.30, que me llevará hasta el límite del territorio español.

Tras un corto trayecto por tierras ceutíes, en el que recuerdo los ojos negros que anoche me hipnotizaron por un instante, el autobús me deja en el mismo puesto fronterizo, que cruzaré a pié. Tras algún tiempo de ventanilla en ventanilla realizo los trámites necesarios y cruzo la valla que da acceso a Marruecos. Por fin.

Medio centenar de taxis colectivos esperan en la explanada de la parte marroquí de la frontera, a los viajeros. Se trata de viejos modelos de Mercedes Benz castigados por el paso de los años. Estos taxis son compartidos, por lo que hay que esperar a que se complete el pasaje - hasta seis pasajeros - o el conductor decida salir. Hay salidas continuamente hacia la cercana Tetuán, pero nadie a parte de yo mismo, parece interesado en ir a Xauen - Chefchaouen en la época del Protectorado - , el destino que la noche anterior decidí como primera escala en Marruecos.

Mato el tiempo negociando el precio de mi viaje. Resulta divertido el proceso de negociación con los taxistas, que se produce en una extraña mezcla lingüística de árabe, español y francés.

Tras más de una hora de negociación y espera, y tras encontrar a dos españoles que se dirigían a Xauen a la caza del mundialmente famoso kif rifeño, cerramos un precio. 300 MAD por los tres. A 100 MAD por cabeza. No está nada mal teniendo en cuenta que el precio de partida fueron 600 MAD por alquilar el taxi completo para mí solo, y que éramos tres personas ocupando un taxi en el que normalmente se hacinan 6 pasajeros, dos delante y cuatro detrás.

EL RIFF. XAUEN.

vista de xauen desde la lejaníaLa carretera que lleva hacia las montañas del Rif, más allá de Tetuán, ofrece un bello paisaje. Verde en aquella época del año. El trayecto en el taxi, de aproximadamente hora y media de duración, resulta divertido. La conversación de Mohammed, el taxista, es mi primer contacto con el pueblo marroquí. Mientras mis dos compañeros de taxi duermen, agotados por el largo viaje desde Asturias, mi chófer Mohammed me habla de fiestas locales, de su vida como taxista y de los peligros del kif, mientras en el destartalado cassette del Mercedes, suena el "Currupipi Mix". Sinceramente, hubiese preferido escuchar música marroquí.

La llegada a Xauen decepciona en principio, ya que a medida que se va subiendo hacia la medina, las construcciones que se ven son modernas. Casi parece una ciudad turística de la Costa del Sol española. Sin embargo, en cuanto se llega al punto más alto de Xauen permitido al tráfico rodado, la Plaza de el Majzen, todo cambia. Dejando atrás la gran plaza de Uta el Hamman, la zona alta de Xauen es sencillamente impresionante. Callejuelas serpenteantes pintadas de azul luminoso y blanco, salpicadas de tiendas, pensiones y viviendas particulares.

Me cruzo con un grupo de mujeres jóvenes, que miran con curiosidad a los numerosos turistas. Al cruzar con ellas la mirada, una de ellas ríe e inmediatamente comenta jocosa algo en árabe con sus compañeras. De nuevo la exótica y cautivadora belleza árabe.

ALOJAMIENTO Y COMIDA EN XAUEN

calles de xauenCargado con mi mochila curioseo por los muchos hoteles y pensiones que se ofertan en Xauen. Tras un par de intentos fallidos - hay pocos alojamientos disponibles en aquellas fechas -, llego al hotel Marrakech, al sur de la medina. Es un hotel sencillo, sin ningún encanto pero correcto, que cuesta 120 MAD. Demasiado a todas luces, teniendo en cuenta las precios marroquíes. Ante la perspectiva de seguir paseando por las empinadas calles de Xauen y ante el miedo de quedarme sin alojamiento, acepto quedarme en el Marrakech, eso sí, con el firme propósito de abandonarlo cuanto antes.

Es hora de comer. En la medina encuentro el acogedor restaurante Granada. Es un local pequeño donde degusto un excelente tajine - guiso tradicional marroquí con carne y verduras - regado con agua. Lla cerveza sólo se vende en locales para turistas. Para terminar, un imprescindible té con mentar. El Granada es un lugar realmente acogedor y la cocina está muy cuidada. Mohammed Fedalhaddad es el propietario, cocinero y camarero del restaurante..

CONTRASTES CULTURALES

La medina, es decir, la antigua ciudad medieval, es el centro de toda ciudad marroquí. El intrincado laberinto de callejuelas plagadas de comercios tradicionales, es seña de identidad omnipresente en todo Marruecos y todo el mundo árabe. La medina de Xauen, al norte y al este de la Plaza Uta el-Hammam, es pequeña y fácil de visitar, aunque no por ello menos encantadora.

Pasear por la medina de Xauen es una experiencia extraña. Continuamente se produce un extraño cruce de miradas entre las personas, entre turistas y árabes. Fuera de los saludos interesados de los comerciantes, que te invitan con más o menos gracia a visitar sus pequeñas tiendas, el resto de los marroquíes que circula por la medina, ignora al visitante. El turismo es algo relativamente nuevo en Xauen. Hasta la ocupación española en 1920, la ciudad estaba vetada a los cristianos, bajo pena de muerte. Los hijos y los nietos de los habitantes de la ciudad que vivieron aquellos tiempos, asisten hoy a la invasión de centenares de turistas que pululan por cada rincón de tan paradisiaca plaza.

No es fácil saber que piensa un habitante de Xauen de un turista occidental. A veces me da la impresión de que sienten curiosidad. Otras desprecio. En otras personas veo miradas amables. No es fácil saberlo. Me asaltan preguntas que de momento quedan sin respuesta. ¿Qué piensan los marroquíes de nosotros? ¿Se sienten de algún modo invadidos en su intimidad? ¿Qué imagen estamos dando? ¿Pueden esta gente formarse una imagen positiva cuando la mayoría de turistas que visitan Xauen andan tras el kif?

calle de XauenDecido volver a visitar al señor Fedalhaddad. Mientras compartimos un aromático y dulzón té con menta, le planteo alguna de las preguntas que me vienen a la cabeza. Y lo hago de manera indirecta, con cierta dificultad añadida por el pobre español de él. No habla francés. Le pregunto a mi nuevo amigo si los marroquíes musulmanes ven con malos ojos que los turistas vistamos la tradicional jellaba. Estoy pensando en comprar una para pasar desapercibido, aunque tengo mis dudas. Mohammed me dice que los tiempos han cambiado. Tras la independencia marroquí, y tras el comprensible brote de nacionalismo y vuelta a las tradiciones, estaba muy mal visto que un extranjero infiel usara la vestimenta tradicional. Pero hoy en día ya no es así, y que ni siquiera los más viejos del lugar se sorprenderán. Mi amigo me comenta, con cierta añoranza, que su mundo está cambiando. Tras recomendarme la tienda de un amigo en la medina para que compre mi jellaba, me despido de Mohammed con la promesa de volver al día siguiente.

UNA NOCHEVIEJA DIFERENTE

El Hotel Parador de Xauen es uno de los pocos lugares de la población donde se puede comprar cerveza de manera legal. Un botellín de 25 cl de Heineken cuesta la sorprendente cifra de 25 MAD. El hotel está repleto de turistas y algunos marroquíes adinerados, que celebran la Nochevieja con sus familias. Un mediocre grupo de música tradicional marroquí actúa en el restaurante, mientras los comensales les acompañan dando palmas. Los niños corretean entorpeciendo el devenir de los atareados camareros.

Decido tomar mi cerveza en el hall del hotel, justo entre el bar y el restaurante. Es sin duda la mejor opción. El cercano bar, lleno solo de hombres no resulta en absoluto atractivo. Y en el restaurante se están produciendo el tipo de manifestaciones festivas que he tratado de evitar al decidir pasar la Nochevieja en Marruecos.

Hojeo el ejemplar del día de L'Opinion, el periódico cercano al partido opositor, el Partit de l'Istiqlal y me entero por este de que Marruecos, ha decidido condenar firmemente la tortura. Sorprendente y al tiempo terrible noticia. Se entiende que hasta ahora no se condenaba.
El estruendo de la vecina fiesta de fin de año, crece a medida que se acerca la medianoche. Decido salir de allí, apurando mi Heineken de un trago. Salgo a la Plaza el Majzen. Los puestos que venden baratijas, disfrazadas de artesanía, están casi todos cerrados ya. Avanzo por la calle comercial hasta la Plaza de Uta el-Hamman, centro neurálgico de la ciudad. Allí, el intenso frío ha hecho huir a la mayoría de los turistas. Las terrazas de los bares y restaurantes turísticos están ya medio vacías. No resulta prometedor.

mas calles de xauenMe fijo en un café grande pero de apariencia sucia y desaliñada que preside la plaza, junto a la kasbah - fortaleza árabe -.. Se distingue del resto de los locales en que no tiene ningún tipo de rótulo exterior y en que la clientela que se puede ver a través de las ventanas, parece toda local. Entro. En el establecimiento, espacioso, unas cuarenta personas se sientan en viejas sillas junto a mesas en mal estado. El silencio es casi absoluto. Inmediatamente casi todos los clientes del bar dirigen sus miradas hacia mí. Algunos comentarios en voz baja en árabe, se escuchan aquí y allá. Algunos no me miran. Miran embobados una televisión que se encuentra sobre la sucia barra. Inmediatamente percibo el fuerte aroma del kif. La nube de marihuana es densa, se podría cortar con un cuchillo.

Tras un segundo de duda, voy hacia la barra y pido un té con menta. Hay que sentarse. Todas las mesas están parcialmente ocupadas, así que elijo la de un hombre de aspecto harapiento, de mediana edad, que parece muy colocado, pero inofensivo. Por señas le pido permiso para sentarme y por señas me lo da.

La atención del personal se desvía poco a poco del extranjero que se equivocó de lugar. Algunos de los parroquianos, dos o tres, me invitan a compartir su cigarro de kif. Otro en un pobre español me ofrece comprar. ¿Qué va a querer un extranjero en un local como ese si no es comprar kif? Cuando explico que no fumo, dejo de ser importante para los pocos que se interesaron por mí, y paso a formar parte del paisaje mientras todos continúan aspirando bocanadas de humo.

El té con menta está delicioso. Y barato, solo 3 MAD. Me dedico a degustar la dulce bebida y a observar al personal, mientras noto que el kif que flota en el ambiente comienza a afectarme. Todos fuman. Sin ocultarse lo más mínimo, lían grandes cigarros que fuman con auténtica devoción, mientras una pareja de policías patrullan frente al bar. Y aunque es imposible que no estén oliendo el aroma del kif, y pese a que el consumo de esta droga está penalizado en todo Marruecos, no parece que se vaya tomar ninguna medida represiva. Es un consumo conocido y consentido. Al menos en las montañas del Rif

Me llama la atención un personaje junta a la barra. Uno de los pocos que no desvió la mirada hacia mí cuando entré. El desaliñado personaje tiene la vista clavada en el televisor. En un momento dado, la televisión se avería y la pantalla se queda en negro, pero él la sigue mirando. Tras diez largos minutos, sigue con la vista fijada en la televisión estropeada. De repente, lentamente, mueve la cabeza y mira en otra dirección. Se frota la cara y.... prepara rápidamente otro gigantesco cigarro de kif que fuma ansiosamente antes de volver a su estado de trance.

Tras un periodo de tiempo que no sabría concretar, ya que el kif ambiental me ha afectado bastante, el responsable de local, tras la barra, apaga la vieja cafetera y comienza a limpiarla. Como si de una señal preestablecida se tratase, uno a uno, los clientes del bar van abandonánandolo en silencio, casi nadie habla. Todos presentan miradas vidriosas y paso vacilante. El especial fin de año de la televisión marroquí y algunas órdenes en árabe que el encargado del bar da a su único empleado, son los sonidos que se escuchan. El empleado abre las ventanas y la nube de kif se disipa rápidamente para dar paso al frío aire de las montañas.

Abandono el local junto al resto de clientes y me dirijo a mi hotel. Estoy cansado. Paso una vez más frente al Hotel Parador, donde la intensidad de las voces y la música ha llegado a su cenit. Son las doce y media de la noche. Ha comenzado el nuevo año. En el Hotel Parador, y también en el bar sin nombre.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 4 : DE XAUEN A FEZ
(1/1/2005)

UN ÚLTIMO PASEO POR XAUEN

Un último paseo por Xauen a primera hora de la mañana, me lleva en primer lugar hasta la plaza Uta el-Hammam. Los cafés están vacíos. Los turistas deben descansar todavía, tras los excesos de la noche anterior. Frente a la kasbah, a la sombra y bajo el frío intenso de la mañana, un grupo de hombres de avanzada edad luciendo sus tradicionales jellaba, descansan en los bancos de piedra. Asciendo hacia la parte alta de la medina. Paso frente al restaurante Granada, donde encuentra a Haddadh, el dueño, barriendo la entrada del local. Me despido cordialmente de él, al tiempo que le cuento que he decidido partir esa misma mañana hacia Fez. Me propone probar de nuevo su cocina antes de partir. Es una oferta tentadora, pero no tengo hambre. He desayunado zumo de naranja y tostadas en el hotel. Con un apretón de manos al estilo occidental y con mi promesa de volver algún día, me despido.

calles de xauenMi paseo continúa ascendiendo por la medina. El aire es fresco y limpio. El sol invernal, resulta agradable. La medina está repleta de niños que corretean por las calles. Juegan al fútbol o azuzan a alguna cabra despistada. Alguno de ellos se dirige a mí con un "hola señor". Un niño me pide un MAD o un stylo - bolígrafo en francés - o si no, un caramelo. Con cierta pena, respondo con una negativa. Pienso que hay que evitar que los niños vean al turista como fuente de ingresos, y evitar así que como muchos han hecho ya, dejen el colegio por voluntad propia o por imposición de sus familias, para dedicarse a mendigar o servir de guías turísticos. Avanzo hacia la parte más alta de Xauen, donde me dijeron que se encuentra la fuente. Por un momento recuerdo unos cautivadrores ojos negros que ayer encontré en uno de los callejones de la medina. Hoy no están allí.

La fuente es un lugar bullicioso. Varios grupos de mujeres hacen la colada en el río que parte de la fuente, al pie de la montaña. Todas lavan sus ropas y alfombras en las gélidas aguas doblando la espalda en una postura que intuyo incómoda. Los hombres que andan por la zona, simplemente las observan o las ignoran mientras ellas realizan su trabajo. Ellos no colaboran en las tareas domésticas.

Me siento al sol sobre una pared de piedra desde donde se tiene una excelente vista de las mujeres, de la montaña y de la parte baja de Xauen. Un anciano vestido con una raída jellaba marrón, anda pesadamente apoyándose sobre un gran bastón. Se para a tomar aire, parece cansado. Nuestras miradas se cruzan. Le saludo con el habitual "Ussalam' Alaikum" - transcripción fonética literal -, a lo que me responde con el esperado "Alaikum Salam", al tiempo que me brinda una sonrisa que interpreto como sincera. "Bueno", me dice en un balbuceante y casi incomprensible español. Entiendo que se refiere al sol del que ambos disfrutamos en aquel instante y le contesto pausadamente "si, muy bueno el sol". Por su expresión de desconcierto, no me entendió. Agita la cabeza, sonríe de nuevo y sigue con su pesado caminar en dirección a la fuente.

 

LOS JÓVENES MARROQUÍES

Tras mi encuentro con el anciano, sigo en el lugar, disfrutando del sol y observando el ir y venir de gentes de toda edad. Niños, viejos, hombres, mujeres y también jóvenes. Un grupo de cinco muchachos de no más de dieciocho años, están charlando animadamente muy cerca de mí. Habla en árabe, por supuesto. Van vestidos al estilo occidental. Al cabo de un rato, dos de chicas jóvenes que visten las habituales túnicas pero con la cabeza descubierta, pasan cargadas con sendos fardos de ropa, en dirección a la fuente. Inmediatamente los chicos dejan de hablar y todos miran en silencio a las dos chicas. Ellas les devuelven su mirada sin detener su caminar. Al poco tiempo se han alejado bastante, mientras los chicos siguen observándolas fijamente y en silencio. Ellas devuelven alguna mirada por encima del hombro, mientras sonríen y hablan en voz muy baja entre ellas.

El encuentro parece que va a terminar en este punto, pero no es así. Las chicas, en lugar de bajar hasta la zona de lavado, donde parece lógico que deberían dirigirse ya que cargan fardos de ropa, siguen ascendiendo por la ladera de la montaña, por un sendero que según supe después, lleva a una mezquita. Cuando llegan las chicas al punto más alto del sendero, a partir del cual se pierde el contacto visual con los chicos, estas se detienen y miran en dirección al grupo, como esperando algo. Inmediatamente, uno de los chicos, se separa de los demás y comienza a seguir el camino andado por las chicas. En cuanto el chico inicia el ascenso, ellas siguen andando perdiéndose de vista. Tras ellas el chico, al que sigo con la mirada, acaba perdiéndose también de vista.

Entiendo que he asistido a un ritual de cortejo, habitual entre chicos y chicas jóvenes, que aquí se desarrolla, al igual que en España hace 40 o 50 años, fuera de los ojos de la represiva sociedad.

 

CAMINO A FEZ

La nueva estación de autobuses de Xauen, la gàre routiere, en la parte baja del pueblo, es un lugar un tanto aburrido. Sólo la charla con que mantengo con el camarero y cocinero del poco atractivo bar, tras haber comprado mi billete de autobús a Fez por 52 MAD más otros 5 MAD por mi mochila, rompe un poco la monotonía de la espera. El hombre ha visitado mi tierra en un viaje que realizó hace algunos años visitando a un familiar que trabaja en España.

A las doce y media se anuncia la salida de un autobús destino a Fez. El autobús desvencijado no promete. Trato de subir a él, pero el chofer me informa de que no es el mío. Mi billete es de la compañía CTM - lo compré en la oficina de esta compañía - y tengo que esperar 30 minutos más.

A la una sale por fin mi autobús. El conductor lo anuncia a voces "Fes, Fes". Se trata de un autobús moderno y confortable. Ya en el vehículo, entablo conversación con una pareja de españoles que llevan mi mismo destino.

Con casi media hora de retraso, parte el autobús. El paisaje hasta Ouezzane es agreste. La cordillera del Rif se presenta bella a ambos lados de la carretera. Altas montañas, profundos valles, ríos y mucha vegetación. Veo Ouezzane desde el autobús. La ciudad parece bonita desde la lejanía. Sin embargo la sucia y tumultuosa estación de autobuses donde hacemos una breve parada, no es muy acogedora. Se trata de un barrizal en el que se acumulan viajeros, autobuses, basura, mercancías y puestos de comida rápida. No se nos permite bajar del transporte. Tras unos quince minutos de espera y tras un inútil recuento de pasajeros - ¡nadie pudo bajar!-, partimos de nuevo. A unos 50 kilómetros más allá de Ouezzane, el autobús hace una parada de 30 minutos para comer. El chófer se detiene ante una extraña combinación de carnicería, cafetería y restaurante. Tras averiguar el funcionamiento del invento, compro por 15 MAD una generosa ración de cordero al carnicero que, por otros 2 MAD, en otro punto del amplio establecimiento, la asan al carbón, la aliñan y la acompañan de un trozo del excelente pan marroquí. Finalmente por otros 4 MAD consigo en la barra de la cafetería un té con menta. Delicioso.

Tras la comida reanudamos la marcha. A medida que nos acercamos a Fez, el paisaje se va allanando. Los bosques dan paso a grandes extensiones de cultivo, que a esa hora de la tarde del sábado, se presentan vacíos.

puerta de fesAl fin, llegamos a Fez. A las seis de la tarde entramos en la ciudad. Al principio Fez me sorprende. En lugar de encontrar una ciudad medieval, encuentro una moderna villa, con grandes avenidas y edificios modernos, que de no ser por los rótulos en árabe, podría pasar por cualquier ciudad europea de la cuenca mediterránea. La no menos moderna estación de autobuses es nuestro punto de destino.

Nada más bajar del autobús, se nos ofrecen con insistencia varios supuestos taxistas. Uno de ellos, especialmente insistente me ofrece llevarme a la medina por 30 MAD. Aunque me parece caro, salgo con él de la estación y descubro que su coche es una destartalada furgoneta particular. Rechazo su ofrecimiento y me dirijo a uno de los taxis locales - petit taxi - que hay en los alrededores de la estación. En cada ciudad tienen un color distinto. En Fez son rojos y tienen taxímetro. El recorrido desde la estación de CTM hasta la puerta de Bab Boud Jeloud, acceso principal a la medina de Fez cuesta, según el taxímetro 11 MAD. Bastante más barato que el precio que pretendía cobrar el falso taxista.

La imponente puerta de acceso a la medina, me recibe. Tras ella, el bullicio. Un torrente de olores, colores y sonidos consigue saturar totalmente mis sentidos. La primera impresión se intensifica tras realizar la operación de visitar los hoteles cercanos y negociar con sus encargados el precio de la habitación. El Hotel Mauritania, junto a la misma puerta de Bab Boud Jeloud, tiene una habitación individual disponible. Tras una infructuosa negociación intentando bajar el precio, cierro el negocio en 80 MAD por noche más 10 MAD por cada ducha caliente. El Mauritania es sórdido, viejo y un tanto sucio. Transmite una sensación de antigüedad que se percibe en toda la medina de Fez. Cruzar la puerta de Bab Boud Jeloud, constituye un sorprendente salto en el tiempo. A un lado de la puerta, queda el moderno Marruecos representado por el Nouveau Fez. Al otro lado, el medieval Fez El Bali.

Tras instalarme en el hotel, visito el cercano Hotel Cascade. Es un alto edificio junto al Mauritania, donde no encontré habitación, pero unos turistas españoles me comentaron que la vista desde la terraza es inmejorable. Tenían razón. La vista es sencillamente impresionante a esas horas tempranas de la noche. Aquí y allá se dejan ver los minaretes de las múltiples mezquitas de la medina. Unos están iluminados y otros no. Y entre los minaretes, se adivinan las estrechas callejuelas de la medina. El conjunto está encasquetado dentro de las gruesas murallas medievales. Y más allá, de nuevo, el Marruecos moderno.

Tras mi visita a la terraza del Cascade, salgo a la calle y comienzo a andar por la medina. Recorro las dos calles principales sin aventurarme en callejones, para evitar perderme, algo extremadamente fácil. En primer lugar y junto al hotel, algunos pequeños restaurantes con terraza y frente a ellos, puestos de comida rápida. Pollo y cordero especiado, casquería y bocadillos vegetales se ofertan al visitante. Todo aderezado con refrescos, té y pan marroquí. Los aromas de las múltiples viandas flotan en el ambiente. Los vendedores te invitan insistentemente a probar sus propuestas gastronómicas, mientras ritmos árabes suenan aquí y allá. Así es la medina de Fez. Aromas, colores, sabores, sonidos... y gente. Verdaderas multitudes llenan las callejuelas. Incluso las arterias principales de dos y tres metros de ancho,se quedan pequeñas para dar cabida a los ríos de humanidad que recorren la medina.

Sigo mi paseo. Tiendas de marroquinería, artículos de aseo, jellabas, plata... Entablo conversación con uno de los vendedores. Necesito una toalla. En el hotel no hay, claro. Resulta placentero negociar precios y dejarse encandilar por los comerciantes. Sin prisas, disfrutando de la conversación, del juego. Es sorprendente el arte comercial que emplean incluso para venderte una simple toalla valorada en 50 MAD. Al final, tras media hora larga de agradable conversación, en la que conozco todos los detalles del producto que voy a comprar y de su incomparable calidad, me llevo la toalla por 40 MAD. Una ganga. Me siento como si hubiese comprado la mejor de las alfombras berber del siglo XV.

Vuelvo sobre mis pasos, llegando de nuevo hasta el Hotel Cascade, junto a la puerta de Bab Boud Jeloud, tomo una calle que va hacia el norte. Allí, junto a la muralla sur de la kasbah an-Nouar, prácticamente en la muralla exterior de la medina, encuentro el sorprendente mercado de frutas y verduras. Aquel rincón es fascinante. El tiempo retrocede aún más. Donde antes había calles adoquinadas, ahora solo hay tierra y polvo. Los puestos de los mercaderes son casi todos muy humildes, apenas toldos berber o cajones sobre los que se exhibe una explosión de colores y aromas. Especias desconocidas, mil variedades de dátiles, hierbas aromáticas, mosaicos de aceitunas.... Entre los puestos, algunas carnicerías muestran corderos, enormes trozos de buey, pollos vivos... Me decido por los dátiles. Jamás vi tanta variedad de ellos. En francés, le explico al paciente vendedor que no tengo claro que tipo de dátiles quiero comprar. Al final, aconsejado por el mercader, me llevo 250 gramos de unos pequeños dátiles secos, a un precio más que razonable. En otro puesto cercano, compro un pan tradicional.

Antes de retirarme a descansar, mis pasos me llevan hasta un pequeño y sórdido bar de clientela local, cercano al mercado, donde mientras los parroquianos fuman el omnipresente kif y siguen con interés en una vieja tele el clásico de Charles Chaplin "El Gran Dictador", yo degusto mis dátiles acompañados por el delicioso pan y un aromático te con menta.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 5 : DESCUBRIENDO FEZ
(2/1/2005)

medina de fesEn cinco ocasiones me perdí esta mañana por la intrincadas callejuelas de la medina de Fez. Parece sencillo. Dos grandes calles cruzan la medina desde la Bab Bou Jeloud en dirección noreste, hasta la plaza as-Seffarine, centro de la medina. De estas dos calles principales, Talaa Kebira y Talaa Seghira, surgen infinidad de callejuelas que cambian de dirección, se ensanchan y estrechan sin ningún orden aparentemente establecido. Y tras cada callejuela, una sorpresa.

Andaba yo a la búsqueda de uno de los más conocidos lugares de la medina fessí, las tenerías. Un lugar donde todavía hoy se siguen curtiendo cueros al estilo medieval. Aquí y allá, grupos más o menos numerosos de turistas de todas nacionalidades, acompañados del típico guía oficial y de un batallón de niños y vendedores de baratijas. Seguro que estos turistas consiguen encontrar las tenerías antes que yo, pero eso sí, se pierden el encanto de pasear por la medina y descubrir sus secretos.

 

EL INTERESANTE ARTE DEL REGATEO

No encuentro las tenerías. Mis pasos me llevan a una zona de la medina donde se concentran las tiendas de jellabas, babuchas, telas e hilos. Puede ser la oportunidad que busco de comprar mi vestimenta tradicional marroquí. Abandono momentáneamente mi búsqueda de las tenerías y paseo ante las tiendas tratando de elegir una. Un anciano de sonrisa amable me invita a entrar en su pequeña tienda con dos palabras en francés. Entro. En el pequeño local, tres mujeres locales compran ropa. Me miran con ojos curiosos al tiempo que explico al único dependiente de la tienda , que deja por un momento a las mujeres, el tipo de jellaba que ando buscando. Le explico que no busco un recuerdo, sino una prenda para poder vestir. Debe de ser de lana, de invierno y larga. Le hablo del estilo de Xauen, con rayas verticales y colores claros. Y sobre todo, tiene que ser "bon, jolie et pas chère!". Buena, bonita y barata. El vendedor, divertido responde "Ah, espagnols et marroquiens, la meme chose!". Literalmente "españoles y marroquíes son la misma cosa". Tras dedicar un buen rato a ver buena parte de la colección de jellabas del comercio, tengo claro que me quedaré una pieza estilo berber que cumple todas mis pretensiones. Ahora empieza el juego del regateo. Mantengo mi interés sobre dos piezas, para no demostrarle al vendedor que tengo interés por una de ellas en concreto. Y a partir de ahí, entramos en materia. Me pide 600 MAD por la prenda. Alabo la increíble calidad de su producto, pero le digo que no puedo pagar tanto. El vendedor me explica durante un rato las excelencias de su tela, del acabado, de la comodidad. La mejor jellaba del mundo es esta, sin duda. Yo sé que el precio de la pieza, por mis investigaciones previas en Xauen y en la misma Fez, debe ser entre 150 y 250 MAD. Optando por la vía de la sinceridad, le cuento que en otro establecimiento que visité por la mañana - es cierto -, me ofrecieron una pieza de igual calidad por 250 MAD, que no acabé comprando. Por supuesto, su prenda es mejor que la otra. La conversación, correctísima y llena de elogios hacia la pieza, y también hacia mi persona por mi habilidad negociadora, y salpicada de preguntas sobre mi país, transcurre mientras el precio de la jellaba va descendiendo. Primero baja a 500, luego 350, para llegar al último y definitivo precio de 250 MAD, oferta a la que respondo a su vez con mi última y definitiva oferta de 200 MAD. El vendedor muestra su conformidad con un apretón de manos, al tiempo que comienza a plegar con gran cuidado la pieza. Me despido del vendedor y le doy las gracias por su tiempo y por su charla. Salgo de la tienda y me dirijo al hotel para almorzar - quizás unos dátiles - y estrenar mi nueva prenda. Reemprenderé la búsqueda de las tenerías por la tarde.

 

UN INTENTO DE INTEGRARME EN EL ENTORNO

Caminar por la medina vestido con la jellaba me resulta un tanto extraño. Es una vestimenta a la que no estoy nada acostumbrado y me siento extraño. Tengo la falsa impresión de que todo el mundo me observa. En realidad no es así. Por otra parte, no puedo dejar de pensar que quizás estoy cometiendo algo así como un sacrilegio ante los ojos de los musulmanes. No hay que olvidar que la jellaba se utiliza unánimemente por los seguidores del Islam para acudir a la mezquita, aunque en la vida diaria algunos opten por la vestimenta occidental.

Mi camuflaje funciona hasta cierto punto. Realmente parece que la jellaba ayuda a no ser identificado como turista. Pero compruebo que ante la más mínima vacilación ante una intersección de calles, o ante una vuelta sobre mis pasos, escucho inmediatamente un "hola" o un "bonsoir monsieur" proveniente de los centenares de niños, falsos guías y buscavidas varios que andan por la zona a la caza del incauto paseante. En realidad, la manera de pasar desapercibido para esta gente es sencilla. Simplemente hay que andar con paso seguro, como haciendo ver que se sabe donde se va y manteniendo la vista al frente. Pero claro, caminando de ese modo, uno se pierde los detalles del entorno. Y cuando levantas la vista para admirar un minarete, inmediatamente cualquier camuflaje resulta inútil.

 

LAS TENERÍAS DE FEZ

tenerías de fesEl zoco de los tintoreros y las tenerías, no se encuentran fácilmente. Pese a tener un mapa, una brújula y percibir en sus cercanías el inconfundible olor que desprende el curtido, tardo mucho tiempo en localizar la zona. Al final, tras varias vueltas sobre mis pasos y tras preguntar a varios transeúntes, llego a las tenerías, al noreste de la Place as-Seffarine, junto a las murallas de la medina.

Las tenerías permanecen ocultas a la vista desde la calle, aunque su olor flota en el ambiente haciéndose omnipresente. Para poder verlas, una vez se ha llegado a la zona, hay que entrar en uno de los múltiples talleres de artesanos y acceder a las terrazas con vistas. En casi todos los talleres se permite visitar gratuitamente las terrazas, sin necesidad de hacer compra alguna. Veremos carteles con indicaciones para llegar a estas terrazas. En algunos talleres hay personas que nos invitarán a entrar. No es mala idea dejar una propina tras la visita, si no se compra nada.

La visión desde las terrazas es sorprendente. Unos metros más abajo, vemos los mundialmente famosos pozos donde se tiñen las piezas de piel, siguiendo técnicas centenarias. Los hombres trabajan dentro de los pozos controlando el proceso. Los colores rojos y ocres dominan el paisaje. El intenso olor que desprenden las tenerías, resulta un tanto desagradable al principio. A los visitantes se ofrecen ramitas de hierbabuena para mantener frente a la nariz - yo la rechazo -. Si se reprimen las náuseas que provoca en un principio el olor, el olfato se acostumbra y es cuando se percibe la complejidad del aroma. Es terroso, dulzón, rebosante de matices y distinto a todo aroma conocido. Al cabo de un tiempo, me resulta incluso agradable. La mayoría de los números turistas que por allí circulan, no parecen tan encantados como yo.

El lugar pierde parte de su encanto por la enorme cantidad de turistas que acompañados del guía oficial de turno, atestan las terrazas y las callejuelas cercanas, luciendo sus cámaras, gorritos, camisas floreadas y sus ramitas de hierbabuena.

Decido huir del lugar. Es hora de comer.

 

TRADICIÓN Y MODERNIDAD

Tras degustar un más que correcto tajine y una ensalada en el Restaurant des Jeunes, junto a mi hotel, decido aceptar la invitación a te y la compañía del camarero del restaurante, un marroquí desdentado, de poco hablar y mucho fumar. Acompañado por ritmos marroquíes y argelinos que suenan en una tienda de discos cercana, me dedico al igual que muchos marroquíes, a observar la marea humana que entra y sale de la medina. Es una manera como cualquier otra de pasar el tiempo. Son las cuatro de la tarde del domingo, una hora en la que hay mucho movimiento.

Dejando a parte los grupos más o menos numerosos de turistas, más o menos despistados, lo realmente interesante es centrarse en las gentes del lugar. El velo musulmán es una rareza, aunque de tanto en tanto se ven mujeres que cumplen los más estrictos mandamientos coránicos, dejando ver tan solo sus ojos tras sus trajes negros o azules y velo blanco. Las mujeres vestidas con jellaba y pañuelo cubriendo la cabeza, son mucho más abundantes. Y aún más, abundan las mujeres jóvenes vistiendo jellaba, pero con la cabeza descubierta, normalmente con pelo oscuro muy largo o media melena, muy cuidado. Con frecuencia, bajola túnica aparecen unos zapatos de tacón alto. Modernidad y tradición se funden..

Muchas de las mujeres que observo en Bab Bou Jeloud, son de extraordinaria belleza. Es interesante establecer contacto visual con ellas. Aunque algunas retiran rápidamente la mirada o muestran claros signos de sorpresa en cuanto el contacto se prolonga más allá de un breve instante, son muchas las que mantienen la mirada, produciéndose un momento mágico. El tiempo parece detenerse por un instante. No puedo evitar ver en aquellos ojos, casi siempre negros, escenas dignas de "Las Mil y Una Noches". De nuevo está ahí, la exótica y legendaria belleza árabe. Las dos caladas de kif que acepté de mi amigo el camarero, me hacen desvariar.

 

ELLOS Y ELLAS

La tradicional separación de los sexos del mundo árabe, no parece muy presente en una ciudad grande como es Fez. Sin embargo, las demostraciones de afecto entre ellos y ellas, se mantienen ocultas a mis ojos, al igual que ocurriera en Xauen. Cuando una mujer atractiva pasea por la medina, muchos son los comentarios y las miradas que los hombres jóvenes cruzan a su paso. Pero nada más. No parece existir acercamiento más allá de lo que podríamos considerar comentarios obscenos.

En mi devenir por las calles de Xauen y Fez, he establecido comunicación con hombres en muchas ocasiones. Sin embargo, el contacto con mujeres ha sido solo visual. Hay que recordar que casi siempre son hombres quienes atienden comercios, cafeterías y hoteles fuera de los negocios turísticos.

Sin embargo, aquella tarde hubo una excepción. Una mujer joven, de moderada belleza y vestida al estilo occidental, se sentó con el camarero de les Jeunes y conmigo, invitada por él. Con ella venía un niño de dos o tres años. Ante mi sorpresa por la novedad, se dirigió a mí, haciendo un comentario jocoso sobre mi jellaba, lo que me dio pie para iniciar una conversación. Resultó difícil comunicarse con la chica, ya que apenas hablaba francés. Pero aun así, conseguí mantener una charla bastante banal sobre vestimenta y sobre mi persona. Sobre ella no conseguí ninguna información, excepto que el niño no era su hijo, o eso decía. Al poco rato, la chica perdió repentinamente su interés y sin mediar palabra, se levantó de la mesa para marcharse y no volver. Un camarero del cercano restaurante Le Kasbah, al que ya conocía, me explicó moviendo por gestos y mencionando una sola palabra - "pute" -, lo que ya sospechaba. La mujer andaba a la caza de clientes.

 

MÚSICA MARROQUÍ

A partir de las siete de la tarde, el río humano invierte su dirección. El flujo de humanidad que hace unas horas se producía hacia el interior de la medina, fluye a estas horas hacia las distintas puertas de salida. La medina va quedando poco a poco vacía, perdiendo su bullicio, a medida que los comerciantes cierran sus tiendas y abandonan la zona. Tras un nuevo y último paseo por la medina, que me lleva hasta la poco recomendable zona norte, donde me sorprende la noche y donde por primera vez tengo cierta sensación de inseguridad, vuelvo no sin dificultad - orientarse en la medina es más difícil aún por la noche - hasta la puerta de Bab Bou Jeloud. Los cafés están cerrando y no parece que haya nada más que hacer allí. El único lugar que mantiene actividad es la tienda de discos que se encuentra frente a mi hotel. Allí, un grupo jóvenes marroquíes, escuchan música a todo volumen. Decido unirme a ellos. Le explico al encargado de la minúscula tienda que estoy interesado en comprar música marroquí, aunque no conozco los estilos existentes. Acuerdo con el amable vendedor que irá poniendo discos y me irá dando información sobre los músicos.

En la interesante audición, descubro la música tradicional fessí, que tiene su máximo exponente en un músico de impronunciable nombre que al vendedor me traduce como bissawa. Descubro la intensidad de los ritmos gnaoua, de origen africano y que son los protagonistas del prometedor Festival de Essaouira. Me sorprenden los ritmos hipnóticos de la percusión marroquí y la música tradicional berber, proveniente de las arenas del desierto del Sahara. Y como no, escuchamos los ritmos pop al estilo árabe, que junto con el raï de origen argelino, son los preferidos por los jóvenes marroquíes. Al final me llevo una docena de compact disc con una buena representación de los estilos musicales del país. Los discos son especialmente baratos en Marruecos, de 10 a 20 MAD, pero por contra ofrecen muy poca información en sus portadas y en la mayoría de los casos, esta solo viene en árabe.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 6 : DE FEZ A MEKNÉS
(3/1/2005)

Un te con menta y un crêpe dulce en el Restaurant des Jeunes, junto al Hotel Mauritania que hoy abandono, y una parada en el cercano mercado agrario para comprar dátiles y pan, son mis últimas actividades en Fez, antes de continuar viaje hacia la cercana Meknés, al este de Fez..

El desplazamiento en petit taxi hasta la cercana estación de trenes de Fez, cuesta en esta ocasiónunos 8 a 10 MAD, desde Bab Bound Jeloud. La estación es moderna y con un excelente servicio. Me dirijo hacia una de las ventanillas donde expenden billetes, y compro un pasaje a Meknés por 16,50 MAD. Mi tren sale en escasamente 30 minutos.

Los trenes en Marruecos son rápidos, modernos y limpios. Nada que envidiar a los trenes europeos. El trayecto hasta la ciudad de Meknés apenas dura una hora, que transcurre tranquila. Meknés tiene dos estaciones de tren, la estación central y la estación de El-Amir Abdelkader, que es la segunda estación si vienes desde Fez. Me bajo en esta estación por ser la más cercana a la medina.

meknésLos petit taxi de Meknés son azules - en cada ciudad tienen un color distinto - y mucho menos abundantes que en Fez. No es fácil conseguir uno ni siquiera en la propia estación. Tengo que esperar más de media hora. Los taxis van llegando de uno en uno y son muchos los viajeros que esperan un vehículo. Todos parecen tener mucha prisa. No se respeta ningún orden y todo el mundo intenta coger un taxi antes que lo demás. Como dicen los marroquíes, "prisa mata", así que decido ésperar y no entrar en conflicto con nadie por un taxi.

Mi chófer, con el que me entiendo con dificultad ya que apenas habla francés, me lleva por 7 MAD al Hotel Regina, en la calle Dar Smen, el único hotel barato que el taxista parece conocer. El hotel está completo, al igual que el cercano Hotel Nouveau. El tercer hotel que veo en la zona es el Hotel Meknés, un establecimiento amplio, oscuro y sórdido, con 20 habitaciones con lavabo, que comparten una única ducha común de agua fría - en realidad se trata de un sucio inodoro turco con una ducha en el techo -. Contrato una habitación por 40 MAD la noche y tras dejar en ella mi equipaje, me adentro en la cercana medina en busca del centro de la misma, la Place El Hedim.

 

LA MEDINA DE MEKNES Y SUS ALREDEDORES

Pese a que la medina de Meknés es mucho más pequeña y menos laberíntica que la de Fez, me pierdo. Avanzando hacia el noreste y tras recorrer una zona donde se venden jeans, zapatillas y otras prendas de vestir, llego a una calle poco transitada donde se suceden artesanales talleres de carpinteros y herreros. Por un momento parece que atravieso una de las calles gremiales de una ciudad medieval europea. La zona tiene su encanto, si uno sabe apreciarlo.

Tras cruzar esa calle, acabo saliendo de la medina por el Bulevar Circulare, donde me encuentro con el moderno mausoleo de Sidi Ben Aïssa, integrado dentro de uno de los cementerios de la ciudad. A partir de ese punto, el viejo Meknés de la medina, da paso al nuevo y moderno Meknés. Decido volver atrás. En la convergencia de las calles de el Hanaya y Sekkakie, elijo uno de los restaurantes frecuentados por trabajadores locales. Por 10 MAD consigo un enorme bocadillo hecho con medio pan marroquí de gran tamaño, que el amable muchacho que me atiende, llena con los ingredientes que prefiera. Elijo una curiosa pero deliciosa combinación de sardinas, ensalada, berenjena frita, aceitunas, salsa picante y algún elemento no identificado. Me siento en una de las destartaladas mesas del local, junto a un grupo de marroquíes y degusto el espectacular bocadillo, que acompaño con un vaso de agua del grifo que sabe a cloro. Tras la comida, un té con menta en un café cercano y de nuevo a la búsqueda del centro de la medina.

La Place el-Hedim aparece por fin tras un paseo hacia el sudeste a través de callejuelas comerciales. La plaza es una enorme superficie pavimentada libre de obstáculos, repleta de cafeterías y puestos de artesanía en sus laterales. Es el centro turístico de Meknés, que pretende ser tras Marrakech y Fez, la tercera ciudad turística del país. El Hedim sirve de puerta de entrada a la Ciudad Imperial de Mulay Ismail, a la que se accede a través de la monumental puerta de Bab el-Mansour, imagen típica de Meknés. La puerta, de dimensiones colosales, está decorada con mosaicos de azulejos y escrituras en árabe, que se presentan envejecidos por el paso de los siglos. A través de una de las puertas laterales, ya que Bab el-Mansour permanece cerrada al público, me introduzco en el monumental complejo. El largo paseo por el recinto, plagado de turistas, me lleva primero a los jardines de Koubbat as-Sufara, a las intrincadas calles de Dar el-Kebir, al este y luego al Mausoleo de Mulay Ismail. La monumentalidad del complejo amurallado resulta abrumadora.

 

EL MERCADO CUBIERTO DE MEKNÉS

Tras la visita a la Ciudad Imperial, cruzo la transitada Rue Dar Smen con la ayuda de una mujer policía - ¡las hay en Marruecos - y de vuelta a la plaza el-Hedim. En la zona suroeste de la plaza, oculta por los tenderetes de artesanía, se encuentra la puerta de entrada al mercado cubierto de Meknés. Entro sin dudarlo. Es un recinto muy semejante a los típicos mercados cubiertos mediterráneos. A aquella hora, poco más de las tres de la tarde, el mercado está casi desierto. Entrando a mano derecha, me llaman la atención los puestos de encurtidos. Al igual que en algunos puestos que vi en la medina de Fez, las aceitunas y otros productos en vinagre, forman complicados mosaicos de vistoso colorido. De alguna manera, me recuerdan a los mosaicos cerámicos de la cercana puerta de Bab el Mansour.Más al fondo, se venden animales vivos. Conejos, gallinas y otros animales destinados al consumo humano, se ofrecen en un ambiente en el que destacan sus olores característicos. Los puestos de dulces, todos agrupados un poco más allá, son dignos de mención. Al igual que ocurre con los encurtidos, las delicias dulces se exhiben en ordenadas bandejas. Predominan dulces de pequeño tamaño y aparentemente muy elaborados. Resisto la tentación de los dulces, pese a la insistencia de las vendedoras - casi siempre son mujeres las vendedoras de dulces -, y me dirijo hacia la zona de los especieros, donde además de mil y una aromáticas especias, se venden pequeños camaleones vivos. Tras una vuelta rápida por los puestos de especias, acabo acabo comprando a un vendedor doscientos gramos de té verde a granel. En el puesto siguiente, recibo un intensísimo curso sobre especias y sus propiedades. Acabo comprando pimienta negra en grano, un excelente y carísimo cardamomo, y la especialidad de la casa "les 47 èpices", una mezcla secreta y exclusiva de 47 especias, de intenso aroma, que según me informa el vendedor sirve para el tajine y la sopa.

 

LA NOCHE MARROQUÍ

Cierta sensación de euforia contenida me invadía aquella tarde cuando decidí romper con mis hábitos fundamente diurnos y con la abstinencia alcohólica, para dejarme por fín seducir por la presuntamente exótica noche marroquí. El primer paso consistió en conseguir una vestimenta más adecuada que las viejas ropas con las que habitualmente viajo, poco adecuadas para hacer vida nocturna. Frente a mi hotel, compré en una pequeña tienda regentada por un joven marroquí, una camisa Ralph Laurent por 180 MAD. Falsa, por supuesto. Tan falsa que el logotipo es sensiblemente distinto al original. Pero nadie iba a notar eso.

Tras una rápida visita al hotel para ponerme la camisa sobre unos viejos vaqueros, consulto mi guía Lonely Planet para localizar un buen restaurante. Tras estudiar con detalle la lista de restaurantes de precio alto de Meknés, me decido por La Copoule. Allí me dirijo en taxi. Este afrancesado restaurante, ofrece con una carta compuesta de platos bien presentados pero sin demasiada personalidad. El poco interesante vino marroquí tampoco ayuda a superar la mediocridad de la cena que acaba costando 200 MAD, un precio altísimo para la economía marroquí. Eso sí, da cierto exotismo a la cena la pequeña y simpática cucaracha que me acompañó durante la misma. Apareció trepando por el mantel, justo en el momento en que el afrancesado camarero me ofrecía a probar mi rouge de Meknés. Con la mayor naturalidad, aparté el bichito de la mesa con un suave movimiento de la mano, justo antes de levantar la copa de vino, ante el inninmutable camarero que no vio o no quiso ver al bichito. Mi amiguita volvió más tarde, justo a tiempo de observar como consumía mi filet au sauce des champignons, demasiado hecho para mi gusto, antes de volver al suelo con otra de mis caricias. Vi por última vez al animalito, ya finalizada la cena, mientras esperaba la cuenta y apuraba mi botella de rouge.

Tras la cena en La Copoule, decidí mantener y potenciar la agradable sensación producida por el vino. Probé suerte en el bar que forma parte de La Copoule, separado de la zona del restaurante tan sólo por un panel de madera. En los instantes finales de la cena, escuché sonoras carcajadas de mujer que llegaban desde el otro lado. Pensé que se trataría de turistas ya que durante mi tiempo en Marruecos no vi a ninguna mujer marroquí comportarse de manera tan poco discreta. No era así. Al entrar en el bar, pude contemplar la larga barra que presidía el local, el extremo de la cual estaba ocupado por dos mujeres marroquís. Dos chicas jóvenes, vestidas al estilo occidental, entradas en carnes y francamente poco atractivas. El resto de la barra estaba ocupado por una quincena de hombres que sin excepción, dirigían en solemne silencio sus miradas hacia las dos mujeres, mientras bebían sus cervezas Special. Tras observar durante algunos minutos la escena e intuir que las mujeres andaban a la caza de clientes, que sin duda encontrarían entre tanto hombre expectante, decidí abandonar el local.

Muy cerca de La Copoule, de un establecimiento cerrado y sin rótulos exteriores, surge griterío y música marroquí a todo volumen. Pienso que debe ser un bar, así que entro. En el local, la escena es muy similar al del bar de La Copoule, aunque más sórdido. Botellas vacías y medio llenas de cerveza Special llenan la barra y las mesas. La nube de humo es espesa y el volumen de las conversaciones y la música, ensordecedor. Una veintena de hombres, todos marroquíes, están concentrados en las evoluciones de cinco o seis mujeres. Aquí la cosa ha pasado a mayores. Se ven besos, abrazos y caricias sobre la ropa. Por primera vez en mi viaje, veo escarceos amorosos en público.

Pido una cerveza Budweisser y me siento en una mesa libre a observar el espectáculo. Aquello es lo más parecido a un puticlub rural de la postguerra española, no hay duda. Entablo conversación con el ocupante de la mesa vecina, un hombre unos cuarenta y tantos años que bebe solo. Ante él, una docena de Special vacías que sin duda ha consumido él solito. Tras una breve comentario sobre la calidad de nuestras respectivas cervezas, le pregunto donde se puede continuar la noche. El hombre, no sin cierta dificultad por la incipiente borrachera, me recomienda el bar del Hotel Rif o el bar Volubilis, ambos cercanos al lugar donde nos encontramos.

Sin dificultad localizo el Hotel Rif. Es un hotel de aspecto descuidado que se encuentra a pocas manzanas de mi punto de partida. El hotel se encuentra abierto pero en obras. El establecimiento resulta poco acogedor visto desde fuera, por lo que decido no entrar. Salgo a la búsqueda del bar Volubilis. Tras varias vueltas por las calles cercanas no consigo encontrarlo, ni siquiera preguntando a varios taxistas que no parece conocer dicho local. Finalmente decido cambiar de planes tras hablar con otro taxista que me recomienda la discoteca del Hotel Zaki. Dice que es la mejor de la ciudad. Tras un recorrido bastante largo que cuesta 15 MAD, llego al lugar. Este se encuentra situado en la route 21, la carretera que va hasta Arzou. La discoteca abre a partir de las 23.30 horas. Todavía es temprano, así que decido tomar una copa en el bar del hotel. Pido una cerveza y me siento en una mesa vacía del animado local. Clientela formada mayoritariamente por hombres de negocios marroquíes, charlan animadamente mientras suenan ritmos blues y funky, con mujeres marroquíes vestidas de manera sorprendentemente provocativa. Allí abundan las minifaldas y los escotes generosos, imposible de ver en la calle. Un matrimonio de españoles entra en el bar. A los pocos segundos salen del recinto escandalizados, mientras ella asegura que aquello no es un bar, sino un puticlub. Parece que no les falta razón. Muchos de los hombres se sientan en las mesas con mujeres con las que comparten caricias y baile. Otros hombres solos o acompañados por otros hombres, escudriñan con la mirada a las pocas mujeres solas del bar. Un hombre que lleva un buen rato bebiendo en la barra, se levanta y se dirige a dos chicas que andan solas. Tras un breve intercambio de saludos y besos al estilo europeo, una de las chicas acompaña al hombre a la barra, mientras la otra chica que ha quedado sola, percibe mi mirada curiosa y se dedica a sonreír desde el otro extremo del local.

Son más de las once y media. Decido iniciar mi descenso a los infiernos, bajando por las cercanas escaleras hasta la discoteca. En esta nueva sala, ante la todavía escasa clientela, un interesante grupo musical interpreta en directo rai argelino. El ambiente está más caldeado que en el bar. Hay más mujeres, más jóvenes, más guapas y mejor vestidas que en bar del hotel. Me siento en la barra junto a dos chicas que no deben tener más de veinte años. Tras un breve saludo, acabo por invitarlas a una copa y con un dificultoso francés, acabo por establecer conversación con ellas. No pasa mucho tiempo antes de que la más joven de las dos me proponga pasar la noche conmigo por 500 MAD. Siguiendo con el juego le explico que en los hoteles no se permite la entrada de mujeres. No hay problema. Ella me explica que en el Zaki no hay problema en que nos registremos en la misma habitación. Sorpesa. Tan solo tengo que abonar los módicos 1000 MAD que cuesta la habitación y todo solucionado. Acabo por rechazar amablemente la sugerente invitación, ante el desencanto de la chica, que inmediatamente pierde su interés en mí y me abandona.

Al final acabo por dejarme seducir por aquel sórdido ambiente y me integro en un animado grupo de chicas sin cliente que se muestran encantadas con mi predisposición por invitarlas a alguna que otra copa, a cambio de saber más sobre ellas y sobre su modo de vida.

Hacia las dos de la madrugada, el grupo musical acaba su intervención y la fiesta se dirige un poco más hacia los infiernos. Más abajo, el Zaki ofrece a su clientela una enorme discoteca que cierra a las 4 de la madrugada y donde chicas y clientes se entregan a la locura colectiva ya sin ninguna intención de ocultar su actividad a los presentes.

Acabo contratando una habitación en el Zaki para pasar la noche. Mi hotel de la medina no permite la entrada de clientes después de la una.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 7 : UN ALTO EN EL CAMINO
(4/1/2005)

hotel zakiMe despierto más allá de las tres de la tarde en mi lujosa habitación del Hotel Zaki de Meknés. Tras asegurarme de que he dormido solo - así resulta ser - un tremendo dolor de cabeza me confirma que bebí demasiado anoche. En aquellos momentos pensé cuan inteligentes eran los mandamientos del Islam al prohibir el alcohol. Ciertamente, la bebida no sé si aleja al hombre de Dios, pero en cualquier caso afecta sensiblemente al estado físico y mental del mismo.

Dado mi lamentable estado, decido disfrutar un día más de la comodidad del Zaki. Nada mejor para pasar un día de resaca que una limpia y espaciosa habitación con televisión. No imagino pasar el día en el camastro del mugriento hotel Meknés.

Dejo el Zaki momentáneamente y me dirijo a pie hacia la medina. Es un largo paseo que decido hacer quizás como penitencia. Tras visitar el hotel Meknés, comunicarle al encargado que dejo el hotel y tras rogarle que me permita dejar mi mochila en recepción, doy un paseo por la medina. Me dirijo al pequeño restaurante familiar que visité ayer en la medina, cerca del cementerio. Allí degusto uno de sus excelentes y revitalizadores bocadillos, junto con una generosa cantidad de agua con fuerte sabor a cloro. Después un té con menta en un cercano café y un nuevo paseo por la medina meknesí que me lleva hasta la puerta de Bab el Mansour, donde degusto un nuevo té.

El incipiente cansancio me recomienda retirarme de nuevo al Zaki a descansar. Paro un taxi frente a Bab el Mansour y tras una parada en el Hotel Meknés para recoger mi mochila, me dirijo de nuevo al Zaki.

La tarde transcurre sin incidencias frente al televisor. Salto sin orden ni concierto entre alguna de las televisiones que ofrecen películas en francés y alguna cadena en árabe, como Al Jazeera.

Al caer la noche me planteo la posibilidad de descender de nuevo a los infiernos y bajar hasta el bar del hotel. Mejor no. Decido dormir y continuar mañana mi viaje por territorio marroquí.

Decido partir mañana para Tánger.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 8 : DE MEKNÉS A TANGER
(5/1/2005)

La acogedora calidez del Hotel Zaki, me invita a permanecer hasta tarde en la cama. Nada mejor que un largo sueño para reponer las energías que sin duda necesitaré en la tumultuosa Tanger, última parada de mi viaje por territorio marroquí.

Un petit taxi me lleva de nuevo hasta la estación de trenes de El-Amir Abdelkader, la gare petite. El próximo tren para Tanger sale en dos horas, por lo que decido visitar los alrededores. En un cafe próximo, tomo mi primer te con menta del dia y me dedico a observar a los viandantes de la céntrica Ave Mohammed V. Aparentemente, Meknés es una ciudad mucho más occidental que Fez. Abundan los marroquíes vestidos a la europea, tanto hombres como mujeres. En Meknés vi más trajes occidentales que en el resto de ciudades de Marruecos que visité.

Tras el consabido ritual del te, hora de comer. Entro en el cercano Marhaba Restaurant, donde degusto un excelente tajine por el más que recomendable precio de 25 MAD. Tras un nuevo te, me dirijo a la estación. El tren a Tanger está a punto de salir.

 

RUMBO A TANGER

bahia de tangerLas cuatro horas de tren transcurren tranquilas. No tengo demasiada suerte con mis compañeros de viaje. La joven chica con la que comparto cabina no es nada comunicativa. Creo que no habla demasiado bien francés. Parece mucho más interesada en mandar mensajes cortos a través de su movil que en establecer conversación conmigo. Lo mismo ocurre con el joven que sube al tren en Sidi Kacem, quien prefiere aislarse con su compact disc portátil del que se pueden escuchar a través de sus auriculares ritmos rai. La paradoja de las nuevas tecnologías. Nos acercan a personas lejanas y nos impiden comunicarnos con las que tenemos cerca. Eso sí, casi es preferible tener compañeros de viaje poco comunicativos, que los anunciados buscavidas que según leo en mi Lonely Planet, abundan en el tren a Tanger.

 

TANGER: ¿UNA CIUDAD EUROPEA?

La imagen que Tanger - también conocida como Tangier o Tanja - ofrece al viajero que llega por tren, es sin duda de modernidad. La nueva estación inaugurada en 2004, es un edificio funcional y moderno. La estación rebosa actividad con la llegada del expreso proveniente de Fez, Meknés y Asilah, el mío. No sin dificultad consigo un taxi que acabo compartiendo con dos mujeres finlandesas que residen y trabajan en Tanger. Ellas me ofrecen un primer contacto objetivo con la realidad de la ciudad. Les pido consejo sobre seguridad y me dicen que debo tener cuidado al anochecer en algunas zonas portuarias y del extrarradio. Me me aseguran, eso sí, que las calles principales y bien iluminadas son bastante seguras. Aunque me recomiendan prudencia en todos los casos. Prometedor.

El taxí me lleva hasta la plaza del Grand Socco, puerta de acceso a la medina, donde espero encontrar alojamiento. Por error, en lugar de adentrarme en la medina, desciendo hacia el puerto por la bulliciosa Rue Salah Edinne el-Ayoubi, también conocida como la Rue de la Plage - calle de la playa -. Descubro que en dicha calle se suceden a izquierda y derecha hoteles de aspecto económico. Tras un intento fallido acabo en la Pension Miami, donde me ofrecen una habitación espaciosa con sábanas en aceptable estado por 50 MAD más otros 10 MAD por una ducha caliente. Me parece razonable y contrato la habitación. Tras instalarme, ya caida la noche - son más de las siete - , me dispongo a dar mi primer paseo por la ciudad. Dudo entre vestir mis habituales ropas occidentales o enfundarme mi jellaba. Con ciertas dudas, opto por lo segundo, pensando en que en caso de adentrarme en alguna zona peligrosa, la jellaba puede servirme para pasar desapercibido.

tangerEn la medina y en las calles cercanas, el ambiente es bullicioso a aquellas horas. Los vendedores de especias y productos del campo, se afanan en atender a los últimos clientes del día. Están a punto de cerrar. Pese a que la zona tiene cierto sabor tradicional, nada tiene que ver con la medina de Fes o la de Xauen. La zona de los comercios tradicionales de Tanger es mucho más cercana a lo que podría ser un mercado en España. También el aspecto de sus gentes, mucho más europeas, contribuye a agudizar esta sensación.

La ciudad nueva de Tanger, al sudeste y sur de la medina, es una ciudad de clara influencia europea. Grandes avenidas y edificios altos abundan en esta zona de la ciudad. Tanger es una ciudad distinta. No del todo marroquí, no del todo europea. Los puestos callejeros que venden frutas o especias - más abundantes en las cercanías de la medina -, conviven con grandes establecimientos estilo europeo que venden discos, perfumes, ropa o electrodomésticos.

Tras un rato de paseo, me instalo en la terraza de un cafe del Bolevard Mohammed V para dedicarme al noble arte de observar a los transeutes. Me llama la atención la gran cantidad de mendigos, vendedores ambulantes y buscavidas que recorren las calles a la caza de incautos y turistas. Mi jellaba me da cierta invisibilidad frente a estos buscavidas. Me alegro de habérmela puesto. Se nota en esta ciudad que todo gira en torno al dinero. Mucho más que en Fes, Xauen o Meknés. No en vano esta ha sido una ciudad donde los negocios, legales o ilegales han marcado el ritmo de la misma durante siglos.

 

LA PELIGROSA NOCHE DE TANGER

Visitar Tanger y no conocer su mundialmente famosa noche, no sería de recibo. Así que, tras una estratégica visita a la Pension Miami para cambiar mi jellaba por unos vaqueros - más adecuados para ir a un local nocturno - , decido buscar al azar algun local nocturno. En los aledaños del Boulevard Mohammed V, no encuentro ningún lugar interesante. Algunos de los locales que veo no han abierto todavía sus puertas - es temprano - y otros que ya han abierto, tienen aspecto de club de carretera barato, que no invitan a cruzar la puerta. El empleado de un ciber café donde entro a revisar mi correo, me informa de que los mejores locales de copas de Tanger son el SSS y el Rose Bleue, ambos en la zona portuaria. Me asegura que a esa hora de la noche - las 11 -, ambos locales estarán ya animados. Cojo un taxi - mejor no andar a pie por la zona portuaria a esas horas - y le pido que me lleve al más cercano de los dos que resulta ser el Beach Club SSS. El establecimiento resulta ser un moderno complejo que combina piscina, restaurante y discoteca. A esa hora el local está prácticamente vacío. En el local que hace las veces de restaurante y de discoteca, apenas hay dos mesas ocupadas. Están comiendo en ambas mesas. Intento pedir algo de comer, pero el camarero me indica que es tarde y la cocina ha cerrado ya. Me informa que en breve comenzará la sesión de discoteca. Decido esperar tomando una cerveza Casablanca que cuesta 35 MAD.

Al llegar la medianoche, el SSS se transforma. Pese a que el local sigue vacío, el dj hace su aparición junto a una legión de camareros embutidos en ridículos uniformes de marinero. La máquina de humo se conecta axfisiando a los comensales que apuran su cena en las dos únicas mesas ocupadas del local, las luces se apagan y comienza a sonar a un volumen brutal un tema de Britney Spears. No salgo de mi asombro. Mi sorpresa va en aumento cuando al pedir otra Casablanca, esta ha aumentado su precio hasta los 70 MAD. El precio se duplica a partir de las doce de la noche. "C'est le price de la discothèque, monsieur".

Hasta pasada media hora no comienzan a llegar los primeros clientes al SSS. No podía ser de otro modo. Chicas marroquíes solas o en pequeños grupos comienzan a llegar al local. Van vestidas con cortas faltas y generosos escotes. De cuando en cuando llega algún marroquí vestido con traje y corbata, que se instala en la barra mientras observa el devenir de las chicas. Esto lo viví ya en Meknés.

La noche va evolucionando y acabo haciendo migas con Manuel, un simpático camionero gallego que aprovechando una jornada de descanso, anda bebiendo cervezas en compañía de un joven marroquí que como no, me cuenta que tiene orígenes españoles. Aunque no habla ni palabra en castellano. A medida que van cayendo las cervezas, la conversación se va animando, mientras algunas de las chicas del local tratan de seducirnos con sus evidentes encantos, ante nuestra pasividad más forzada que real.

Las luces de la discoteca se encienden hacia las cuatro de la madrugada y Manuel, y yo decidimos continuar la fiesta desayunando. Salimos a la calle, pedimos un taxi y mientras tratamos de explicarle al taxista que queremos que nos lleve a algún lugar abierto a esas horas donde poder comer algo, dos de las chicas de la discoteca, se suben al taxi sin previo aviso y nos piden que las llevemos. ¿Donde? Donde nosotros queramos. Al final, y gracias a las chicas que conocen bien los recursos de la noche de la ciudad, terminamos en una panadería que aunque permanece cerrada al público, nos abre las puertas y nos permite ocupar una de las mesas, aunque nos anuncia que hasta las cinco de la madrugada no puede servirnos nada de comer y de beber. Al poco aparecen en el local más aves nocturnas, cuatro moles humanas enormes que resultan ser porteros del SSS, tres chicas más y un curioso personaje que no logro averiguar si es marroquí o español, pero que amablemente me habla sobre su vida en Tanger. Curioso grupo. Momento tenso el que se vive cuando uno de los gorilas exhibe un machete de desproporcionadas dimensiones y lo clava de un golpe sobre la mesa de madera. Me temo que algo tenía que ver yo con el asunto ya que mientras realizaba el ritual del cuchillo, el gorila me miraba con ojos desorbitados. Poco después de la exhibición de fuerza bruta, el gorila abandonó el local maldiciendo - o eso creo yo - en árabe.

Con las primeras luces del día y tras desayunar, me despido de Manuel quien se retira a dormir en su camión. Y también de las chicas, especialmente de una de ellas Saloua, quien hace un último intento por conseguir facturar aquella noche. En su dificultoso francés me explica que su ex novio - el gorila del machete - se había puesto un tanto nervioso al verla conmigo. -¿?- Un tanto asustado, exhibo la excusa de que en mi hotel no permiten mujeres y Saloua acaba por darme una lista de los hoteles de Tanger que permiten la entrada de mujeres, con la esperanza de que cambie de hotel y vuelva a buscarla a la discoteca la próxima noche. Me temo que no apareceré esa noche por el Beach Club SSS. Al menos mientras no cambien al personal de seguridad.

Definitivamente, la noche de Tanger está a la altura de su fama.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 9: DESCUBRIENDO TANGER
(6/1/2005)

medina de tangerNo podía ser de otro modo. La jornada del Día de Reyes - festividad católica y por tanto inexistente en Marruecos - se inicia en mi habitación de la Pensión Miami ya pasado el mediodía. De nuevo recuerdo las enseñanzas del profeta sobre los efectos perniciosos del alcohol en el hombre. Razón tenía tan bendito ser.

Para empezar nada mejor que un buen almuerzo en el cercano Restaurant África, ubicado en la misma Rue de la Plage. En el África se puede degustar un copioso y suculento menú compuesto por ensalada, harira - sopa -, tajine y postre por el módico precio de 50 MAD, cerveza a parte.

Tras la comida y ante la perspectiva de que este es mi último día en Marruecos, decido intentar adentrarme un poco más en el lado oscuro de la ciudad, tratando de alojarme en uno de los hoteles que la noche anterior me mencionó Saloua, la prostituta del Beach Club SSS. Me habló de un pequeño hotel, de precio económico, donde el dueño permite la entrada de mujeres, con la esperanza de conocer más sobre este tipo de locales que infringen la ley de manera sistemática. Dejé la políticamente correcta Pensión Miami y mochila al hombro cogí un taxi pidiéndole que me llevara a este hotel, cuyo nombre obviaré con el objetivo de no difundir su ilícita actividad.

En el hotel, cercano al puerto, al que llamaré con el nombre ficticio de Hotel A, me recibe un tipo encantador que no puede ocultar cierta sorpresa cuando le pido si tiene habitación libre. No está acostumbrado a que aparezcan por allí turistas solos. Estoy en el lugar correcto. Me informa del precio, 200 MAD por una habitación sin ducha y 300 MAD por una con ducha. Los precios son bastante más caros de lo que deberían ser por lógica en un local de estas características. Acepto contratar una habitación sin ducha, que resulta ser un vetusto cuarto con una cama cuyas mantas presentan enormes agujeros de origen indescriptible.

Tras descansar un tiempo en el hotel A, salgo a la calle con la intención de visitar con detalle la medina de Tanger, ya que ayer solo di un breve paseo por su calle principal. El paseo hasta la medina transcurre por la zona portuaria, todavía tranquila a aquellas horas de la tarde - debían ser las seis - y posteriormente por la Rue de la Plage, hasta el Grand Socco, puerta de acceso a la medina.

La medina de Tanger, no tiene un encanto especial. Nada que ver con la casi medieval medina de Fez. Esta medina tiene mucha menos personalidad. Las modernas tiendas de telefonía y electrodomésticos que abundan en la medina tangerí, no ayudan a mantener el encanto que seguro que antaño tuvo esta zona. Aprovecho la parte baja de la medina, donde abundan los comercios, para hacer algunas compras pendientes en mi último día en Marruecos. Tras visitar algunas tiendas, acabo comprando una tetera y unas babouches en la tienda de un sosegado vendedor. Acabo comprando ambas piezas por un total de 170 MAD, tras un largo y agradable proceso de regateo en el que conozco con detalle la excelente calidad de ambos productos. Pienso hubiese podido comprar los mismos productos por un precio menor quizás en otro comercio o dedicando más tiempo al regateo, pero lo avanzado de la hora recomienda cerrar el trato.

Mientras cae la noche, voy dejando las calles principales y ascendiendo hacia el norte en dirección a la Kasbah. A medida que se asciende por las empinadas calles, va aumentando la agradable sensación que ofrece la brisa marina, que deja intuir la presencia del mar al otro lado de los altos y desconchados muros de piedra que encierran el recinto. Esta zona tiene un carácter marcadamente defensivo, que recuerda al visitante la tradición guerrera de una ciudad que fue en su tiempo codiciada por todos los pueblos guerreros que surcaron el Mediterráneo.

Tras el largo paseo por la medina, realmente misteriosa en aquellas primeras horas de la noche, desciendo callejeando hacia el Grand Socco, a la búsqueda de algún restaurante donde cenar. De camino hacia la ciudad nueva, compro te y especias a uno de los especieros que todavía mantiene abierto su establecimiento. Ya en la ciudad nueva me detengo en una de las tiendas de discos para comprar algunos compact disc de música marroquí al precio de 20 MAD por unidad.

La búsqueda de un lugar donde cenar se convierte en un largo paseo. Callejeo por la ciudad nueva, donde encuentro algunos locales donde sirven bocadillos hechos con bagettes y no con pan marroquí - se nota la occidentalización de Tanger -, y no me seducen. La opción del atractivo Restaurant Populaires Saveurs la descarto ya que el menú que se ofrece es excesivo para mi escaso apetito: sopa, ensalada, arroz y un pescado braseado por 150 MAD es mucho más de lo que puedo comer en aquel momento. Además el ambiente del local invita a cenar acompañado y no solo. Mejor en otra ocasión, en otro viaje.

Finalmente el Restaurant Hassi Baida, junto al restaurante África donde almorcé, es el lugar elegido. Harira, cous-cous y thé à la menthe son el menú elegido.

La noche termina temprano en el hotel A., donde encuentro una encantadora charla con el dueño del hotel, a quién llamaremos Ali, - nombre ficticio - . Su conversación en un sosegado español, es realmente agradable y sobre todo, reveladora. Ali, me habla de las contradicciones de su país. Siendo un país oficialmente musulmán, el alcohol está prohibido. Pero se produce cerveza y vino marroquíes supuestamente destinados a los turistas. ¿Realmente el turismo que recibe su país se siente atraído por el alcohol? - reflexiona Ali - Es evidente que no. Siguiendo con su reflexión, los musulmanes no pueden beber alcohol y por ello no se vende en la mayoría de los establecimientos. Sin embargo, algunos bares y restaurantes, tienen licencia para vender alcohol, también a los hermanos musulmanes. Para Alí, esto es pura hipocresía.

Especialmente esclarecedora resulta su explicación sobre las leyes que regulan la relación entre hombres y mujeres. La ley islámica prohibe que compartan lecho hombres y mujeres fuera de la unión del matrimonio. Por tanto, la ley civil prohibe expresamente que en los hoteles acudan parejas mixtas de musulmanes. Un hombre y una mujer marroquíes no pueden compartir habitación de hotel si no están casados. Un extranjero y un marroquí tampoco. ¿Significa esto que en Marruecos no existen las relaciones sexuales fuera del matrimonio? Desde luego que no. Lo que ocurre es que estas existen fuera de los ojos de la sociedad. En hoteles como el hotel A., parejas marroquíes contratan habitación por horas para tener sus encuentros de manera furtiva, ante la imposibilidad de hacerlo legalmente o en el hogar familiar. Y al mismo tiempo, las prostitutas se sirven de dichos hoteles para llevar a sus clientes, sean marroquíes o extranjeros.

Ali me aclara que esta práctica está permitida en todos los grandes hoteles de Marruecos, ya que según él, pertenecen a familias poderosas cercanas al poder. Hoteles pequeños como el suyo, recurren al soborno de la policía para conseguir mantener su actividad ilícita. Eso explica lo elevado de las tarifas de su hotel. Buena parte del coste de la habitación, se destina al pago de las autoridades.

La charla con Ali transcurre hasta bien entrada la noche, siempre bien regada por el te con menta que incansablemente va preparando mi anfitrión. Nuestra conversación es interrumpida de tanto en tanto por alguna pareja que discretamente llega al hotel para ocupar durante unas horas su habitación.

Cuando decido retirarme a mi habitación, mi sueño se ve interrumpido intermitentemente por el griterío, jadeos y sonidos humanos de todo tipo que provienen de las habitaciones vecinas.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]

 

 

DÍA 10: EL FINAL DEL VIAJE
(7/1/2005)

A las nueve de la mañana suena el despertador anunciando el fin de mi aventura marroquí. Inmediatament soy consciente de la cotidianeidad me espera ya impaciente al otro lado del Estrecho. Tengo tiempo de recoger mi equipaje y de despedirme de Ali, el propietario del peculiar hotel donde pasé la noche. Ali me hace prometer que volveré a visitarle en el futuro. Así prometo hacerlo, antes de subirme al taxi que me llevará hasta el puerto.

Compro un pasaje para el siguiente ferry para Algeciras, que parte en menos de una hora, por 27,5 €. Sello el pasaporte en el control policial y tras un pequeño lio, consigo localizar el buque correcto. No es fácil.

Tanger, su puerto y su blanca medina se van haciendo más y más pequeños tras las ventanas acristaladas del ferry, mientras el buque cruza el agitado mar del Estrecho de Gibraltar. Me espera un largo viaje en tren desde Algeciras hasta Bobadilla y de allí, tras una previsiblemente aburrida espera en la estación de Bobadilla, el tren nocturno que me llevará hasta Castellón con las primeras luces del alba.

Hasta pronto Marruecos.

[VER MÁS INFORMACIÓN DE INTERÉS]
[VOLVER AL INICIO DE LA PÁGINA]
[VOLVER AL MENU DE VIAJES DE ESTA WEB]

 

Más información de interés

DE INTERÉS (DÍA 1 : DE CASTELLÓN A ANTEQUERA)

Hay dos trenes que realizan el trayecto Barcelona - Bobadilla. Uno nocturno y otro en horario diurno.
El tren diurno Arco - el García Lorca -, que sale de Barcelona a las 8:00 am y llega a Bobadilla a las 20:14 de la tarde. El problema de este tren es que no hay combinación con Algeciras a partir de esa hora. Hay que pernoctar en Bobadilla, lo cual no es posible, ya que allí sorprendentemente no hay ningún alojamiento. Los hostales y hoteles más cercanos están en Antequera. La única opción para llegar a la ciudad es el taxi, ya que tampoco hay autobuses a la hora de llegada del tren. Siempre suelen haber taxis en la estación a la espera de viajeros. El trayecto dura unos 20 minutos y cuesta alrededor de 25 euros.
La otra opción es el Trenhotel nocturno, que sale de Barcelona a las 20:14 horas y llega a Bobadilla a las 8:20 de la mañana. Es sin duda la mejor opción, ya que permite conectar desde Bobadilla con uno de los cinco trenes diarios a Algeciras. El más apropiado es el Andalucía Express que sale a las 8.56 y llega en menos de 3 horas a Algeciras. Más información en www.renfe.es

Además del tren, las posibilidades que existen para desplazarse desde Castellón un otra ciudad del arco mediterráneo hasta Marruecos, a parte del coche propio - interesante si se viaja en grupo -, existe la posibilidad del autobús que ofrece la compañía Eurolines, su web es www.eurolines.com

La opción más rápida es el avión. No me consta que existan vuelos directos entre Valencia y Marruecos. Las únicas combinaciones pasan por enlaces con Madrid, caros y poco frecuentes.

Más información en la web www.antequera.es

[VOLVER]

 

DE INTERÉS (DÍA 2 : CRUZANDO EL ESTRECHO)

CRUZAR EL ESTRECHO POR MAR

Viajar en ferry desde la península hasta Marruecos es sencillo, ya que son muchas las compañías que operan en el estrecho.

Existen ferrys que parten desde Algeciras, Tarifa, Almería y Málaga hacía Marruecos. Las rutas más habituales son las que comunican Algeciras con Ceuta y Tánger. Son las más demandadas y por tanto las más recomendables, ya que la intensidad de ferrys y ferrys rápidos es mucho mayor.

También es posible realizar los trayectos Tarifa-Tánger, Almería-Melilla o Nador y Málaga-Melilla.

La compra de los pasajes no debería plantear problema alguno al viajero. En las proximidades de los puertos de salida y en el propio puerto, existen infinidad de agencias de viajes y de oficinas de las propias navieras, que venden los pasajes, con precio estandarizado. Hay que reseñar que las tarifas de los ferrys están unificadas para un mismo trayecto y un mismo tipo de barco, lo que facilita la compra del billete.

Sin embargo, no es mala idea informarse antes de los horarios de las compañías.

http://www.trasmediterranea.es
http://www.euroferrys.com
http://www.buquebus.es

 

OTRAS POSIBILIDADES

AUTOBÚS. Se puede viajar en autobús desde y hacia Marruecos. Los viajes son lentos. largos y no siempre tan económicos como cabría esperar. .

http://www.eurolines.com
http://www.ctm.co.ma

TREN. Los trenes en Marruecos son modernos y fiables, por lo que esta puede ser una opción interesante. Se trata de comprar un billete InterRail que incluye los desplazamientos en España y Marruecos, así como el ferry para cruzar el estrecho.

http://www.renfe.es
http://www.interrail.com

HELICÓPTERO: Helisureste ofrece un servicio regular entre Málaga y Ceuta.

http://www.helisureste.com/web2.nsf/linea

 

OTROS ENLACES DE INTERÉS

http://www.ayto-algeciras.es/index2.php
http://www.ceuta.com
http://www.camelilla.es

[VOLVER]

 

DE INTERÉS (DÍA 3 : AL FIN, MARRUECOS)

IDIOMA

Como en todo el mundo islámico, el idioma oficial es el árabe clásico. Coloquialmente se habla mayoritariamente árabe marroquí o dariya. El francés, herencia de la época colonial, continúa utilizándose con frecuencia en las ciudades y centros turísticos, pero es muy poco utilizado en los núcleos rurales. En estas zonas el árabe es el idioma más hablado, junto con dialectos berber locales. El francés tiene gran presencia en medios de comunicación, negocios y en el sistema educativo marroquí. El idioma español es todavía muy utilizado por la población en el norte del país. En ciudades como Tánger, Xauen y Tetuán el uso del español es incluso más habitual que el francés.
Para más información sobre la lengua árabe, consultar http://www.arabismo.com/

 

RELIGIÓN

La religión predominante en Marruecos es el Islam. Como en todo país islámico, las leyes están fuertemente ligadas a la religión y en ocasiones resulta difícil distinguir entre tradición, ley y mandamientos islámicos.

 

MONEDA MARROQUÍ

La moneda oficial de Marruecos es el dirham, habitualmente abreviado como MAD. Al cambio, un euro se cambia alrededor de los 10/12 MAD. Conviene consultar la cotización antes de iniciar viaje para no llevarse sorpresas. Ver cotización MAD en Yahoo

Las comisiones que cobran los bancos por cambiar moneda, varían sensiblemente de unos a otros. Convie